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Carne de suicidio
Por Mateo Ortiz Giraldo
Estudiante de Comunicación social y periodismo (Universidad de Manizales)

Estando en la Argentina como diplomático, el escritor caldense Bernardo Arias publicó bajo seudónimo una novela que es, entre otras cosas, un desesperado alegato a favor de la libertad de amar. Un joven manizaleño sucumbe a los encantos del inconseguible libro y, en esta extraña reseña, nos cuenta sus impresiones.

Carne de suicidio
Ilustración por Reptil

Corría el año 1903 cuando en una casa del municipio de Manzanares, Caldas, se oyó el gemido de una mujer que daba a luz a un bebé que más tarde sería bautizado en una ceremonia tradicional con el nombre Bernardo Arias Trujillo. Desde edades pueriles fue curioso, intrépido y preguntón, cosa que para la época, enmarcada por el conservatismo, era un hecho molesto, por decir lo menos. 

El niño creció, llegó la hora de “ponerse los largos”, que era el momento cuando el joven cumplía su mayoría de edad y empezaba a usar pantalones de bota larga; así que en este ritual provincial en el Caldas del siglo XX, un joven pasó a ser adulto y, con ese cambio, comenzó descubrir un mundo que desde la moral católica no era más que la representación de Satán en la tierra: la sodomía, el peor agravio a la naturaleza humana, en pocas palabras, la homosexualidad. Término que causa resquemor en algunos con tan solo leerlo u oírlo.

Existen obras literarias que quedan enmarcadas por su historia, por los hombres que las crearon. Esto ocurre con Por los caminos de Sodoma, un opúsculo ejemplar escrito por Sir Edgar Dixon, un hombre sin familia, ni procedencia, nacido de la bruma tonificadora de la morfina de un adulto con bigote, corbata y porte de galán. Tras este espectro, creado por el miedo al desprecio, se ocultaba Bernardo. Él experimentaba la libertad mientras duraban sus encierros bajo la piel de Dixon, pues al salir de ella debía afrontar con su propia debilitada caparazón, a la sociedad burguesa de Argentina. Detrás de  ello  se maquillaba también la pobreza económica que vivía  al ser secretario de la delegación colombiana en Argentina, un título Ad Honorem, es decir, sin sueldo. Hago la acotación de “pobreza económica”, porque mientras sufría dificultades monetarias, vivía en un éxtasis creativo increíble, cosa que lo volvía un hombre riquísimo. Fue en esta época que escribió Por los caminos de Sodoma o confesiones íntimas de un homosexual.

Este texto fue un grito desesperado que retumbó en esa cárcel construida para la protección de Bernardo. A pesar de ser una exclamación emitida por una garganta desgarrada, fue escrita con sangre, alma, pasión y entrega absoluta, porque sólo alguien completamente enamorado de su arte alcanza tal éxtasis.

Las palabras de Arias Trujillo en voz de Dixon logran trasmitir a un intrépido lector todo un abanico de sentimientos transformados alquímicamente en letras tangibles con los ojos, pero comprendidas con el alma. Porque la literatura es un fantasma que está aquí todos los días, en todas partes, sólo hace falta una visión sensible para encontrarle entre la multitud de quimeras que habitan la calle. 

El amor entre dos hombres, tema tan controversial, es el motor que mueve el texto, pero no es únicamente esta manifestación afectiva, sino también la capacidad lírica de Bernardo que, aunada a la experiencia, logra mostrar la entrega absoluta a la voluptuosidad de la lujuria o al suave sabor de un amor cándido e ilícito. Bernardo, disfrazado de Dixon, fue el primer colombiano defensor de los derechos homosexuales. Por esta acción él fue satanizado, tanto así que todos los ejemplares de la novela que llegaron a Manizales, fueron quemados por la iglesia y las gentes conservadoras –incluso liberales– del momento. 

Ser homosexual para aquella época resultaba un acto suicida que únicamente se lograba suavizar con los encuentros clandestinos en pequeños cuchitriles ubicados en los rincones más recónditos de las grandes urbes, pues los pueblecillos con mente pequeña no permitían que se escondiesen aunque  fuera en un sucio arrabal. Por el contrario, se encargaban de exhibir al “sodomita”, de hacerle la comidilla del pueblo, para que así el señalamiento lo volviese una víctima alienada más por los designios tergiversados de una creencia abonada por la religiosidad, un pensamiento netamente destructor e ignorante. El mismo Bernardo, en el prólogo de su obra, decía con su magnífica prosa: “… Es una existencia dolorosa, el vivir de un hombre anormal, que un día cualquiera habrá de ser carne de  clínica, de suicidio y laboratorio”. Esto deja ver lo agobiante que resultaba amar sin pudor ni recato, sin temor ni temblor, sin recelo ni consideración. 

Sus influjos pasionales, junto a su adicción a la morfina, llevaron a que una noche de 1938, su cuerpo sucumbiese bajo el poder de la parca que todos los días le respiraba en el cuello, jugueteaba con sus cabellos y se burlaba de las desgracias de un amante ilegítimo. Hasta esa última noche en Manizales su mente seguía contemplando a sus amados efebos. Dejó tras de sí un trabajo literario que le dio el “prestigio” necesario para ser absuelto de sus pecados: Risaralda, Diccionario de emociones y En carne viva. Pero en este arsenal, elogiado incluso por el mismo Tomás Carrasquilla, se oculta una obra prohibida para aquellos con mentes chicas, y paredes de hierro: Por los caminos de Sodoma.

Resulta inevitable no compararle con la modernidad, donde ya no se puede exponer del mismo modo, puesto que estos actos –la discriminación y el ostracismo–son jurídicamente castigables, aunque la sociedad, con su retorcida moral, sigue juzgando a quien, sin mayores aspavientos, se siente conforme con quien decide amar. En este momento se pude retorcer el famoso adagio y decir “mi libertad inicia donde la moral del otro termina”.

Somos un pueblo caradura que se jacta de ser abierto mientras tras las puertas de un espacio imaginario, que designamos “clóset”, escondemos todo aquello que despreciamos, simplemente porque no le logramos comprender. Una regla básica para subexistir en esta sociedad es desechar aquello que nos da resquemor, pues la libertad nos asusta. 

Cuando se termina de leer el texto de Bernardo, muchas ideas quedan rondando en la cabeza, pero hay una que brilla con mayor fulgor: se ama con los influjos de la pasión, con la irracionalidad del corazón, mas no con la superficialidad de un órgano genital. 

Mientras sigamos ocultando todo lo que no nos gusta en la cueva, bajo la alfombra, en el armario, o en el manicomio, seguiremos siendo testigos callados de más ángeles que se lanzan desde las terrazas para aterrizar en el frío pavimento construido por nuestra indiferencia. 



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