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Otra generación perdida: el apocalipsis adolescente de Gregg Araki
Por Daniela Mesa
Estudiante de Filosofía y letras, Universidad de Caldas

Todas las generaciones incluyen una generación perdida. Podría parafrasearse a Tolstoi, por millonésima vez, para decir que cada una de estas pérdidas es distinta. La de los adolescentes de los ‘90 ha quedado perfectamente retratada en las películas de Gregg Araki. Una joven estudiante de filosofía levanta el rollo para ver qué hay debajo de la cinta.

Otra generación perdida: el apocalipsis adolescente de Gregg Araki
Ilustración por Reptil

En los ‘90 en Estados Unidos –la gran fábrica mundial de la cultura consumista– se fusionan dos importantes fenómenos: la cultura pop y la cultura underground, ambos auspiciados por MTV, los tabloides y Hollywood, que se convierten en exportadores de entretenimiento para el mundo: creando artistas, músicos, actores y, en definitiva, celebridades que crían a los niños y jóvenes espectadores de una de las décadas que más se supo beneficiar –o perjudicar– con los medios de comunicación y la publicidad.

Cuando, tentados por el cliché, estamos a punto de decir: “todo tiempo pasado fue mejor”, deberíamos hacer una pausa y recordar a Gaspar Noé en la escena final de la película Irreversible (2002), cuando dice: “El tiempo lo destruye todo”. Pero es difícil mantenerse en el espíritu de las viejas, obvias, frías e inhumanas verdades, así que, inevitablemente, al retomar los legados del pasado, de repente, los aspectos negativos desaparecen o se corren al fondo, y se exagera el encanto de lo viejo –o vintage–. Parafraseando a Camus en el lenguaje de los adolescentes ahora adultos de los ‘90, podríamos decir que no el absurdo, sino la nostalgia es el clima del espíritu. La década de los ‘90 es añorada por los niños y adolescentes de entonces que hoy como adultos recuerdan el atractivo de una época llena de problemas.

Los ambiguos privilegios de acceder a la World Wide Web, las cintas de VHS, las pistolas de balines, la ropa con velcro, los Game Boy y los Play Station, entre otros chécheres y cachivaches, que no son gran cosa para las nuevas generaciones, hacen que coleccionistas y melancólicos los persigan para convertirlos en accesorios, trofeos y tesoros. Por eso no es extraño asistir a tributos en donde se oyen canciones que eran placeres culposos y que ahora, por el hecho de ser viejas, son aceptables. Es este fenómeno el que quiero resaltar en relación con las cintas cinematográficas, ya que los artistas que han sido la muestra de la decadencia de una generación para sus contemporáneos, son hoy los genios admirados así sea por círculos pequeños que rescatan sus esfuerzos de plasmar el ánimo de una época en celuloide.

The Big Lebowski, Pulp Fiction, Jaccob’s Ladder y Fight Club son ya referencias fílmicas habituales, ancladas en la idea de los '90. Pero hay películas que no corren la misma suerte, no todas consiguen ser como Matrix, que logra ser la apertura de una nueva década y por ende la de una generación diferente. Por eso empecé hablando de la bucólica remembranza de ideas distorsionadas, pues voy a rescatar dos filmes que hacen parte de una trilogía que no fue muy apreciada y a la que se le dificultó la distribución, pero que muestra el padecimiento de ser un adolescente en los ‘90.

Gregg Araki, que ha hecho las veces de director, guionista y productor de sus filmes, empieza su carrera cinematográfica en 1987 con Three Bewildered People in the Night y siendo apenas reconocido hoy  por la película Mysterious Skin (2004), protagonizada por Joseph Gordon-Levitt. Gracias a ésta, Araki ha alcanzado el mayor reconocimiento de toda su carrera: tres galardones de diferentes festivales y críticas muy favorables. Aparte de esto, sus filmes no son muy mencionados entre la comunidad cinéfila general, aunque esto probablemente se deba a sus peculiares historias, hijas de su productora Desperate Picture Company.

Su Teenage Apocalypse Trilogy se compone de las obras: Totally Fucked Up (1993), The Doom Generation (1995) y Nowhere (1997), de entre las cuales voy a referirme a las dos últimas. El tema de fondo es el lado intratable de ser un adolescente en los ‘90, cuando no se oía a Britney Spears y a los Backstreet Boys sino a bandas como los Smiths y Skinny Puppy y se andaba de fiesta en antros underground. Un New queer cinema que explora la sexualidad y que nos enfrenta continuamente a escenas homoeróticas, abducciones por aliens, violaciones, sadomasoquismo y asesinatos.

La segunda entrega de su trilogía se vio impedida por daños químicos en la cinta y un terremoto, pero a pesar de todos los contratiempos el proyecto siguió. Su esfuerzo por mantener una atmósfera underground en los filmes hace que los mismos sean rodados, generalmente, en lugares desolados; y aunque también haga uso de espacios comunes para la cultura estadounidense como los minimercados, los restaurantes de comidas rápidas, los moteles de carretera y las grandes fiestas, lo  hace con el ánimo de incrementar la morbidez de ciertas escenas. Retratar una década a partir de los temas de sus adolescentes permite que se rescate la influencia musical y una estética que es el resultado de una mezcla de post punk, new wave y shoegazing, un poco al estilo de otras películas como SLC Punk (1998) de James Merendino en donde se hace un paneo de diferentes culturas urbanas que van desde el punk hasta llegar al new wave y el docudrama 24 hour party people (2002) de Michael Winterbottom que relata el ascenso y la caída de un movimiento que empezó con la banda Joy Division y el suicidio de su vocalista Ian Curtis.

The Doom Generation se introduce a sí misma con la advertencia de ser una película heterosexual, un indicio de las presiones de la heteronormatividad en la sociedad y también en el cine –un elemento ya reconocible en otro cineasta como John Waters–. Pero, por suerte, Araki no abandona su fijación por el mundo de los adolescentes homosexuales y esto se manifiesta a través de escenas de fantasías sexuales y masturbación voyerista, como también ocurrirá en Nowhere. La explosión de todas las confusiones, el miedo a una sexualidad desviada, a las enfermedades y al amor se expresan en una de las escenas finales donde un trío, entre Amy, Jordan y Xavier, termina por convertirse en un dúo de los personajes masculinos. Sus personajes principales son una pareja de jóvenes que están inspirados en los cómics de Amy y Jordan del historietista Mark Beyer, indicativo directo de perturbación, agonía y depresión. Los otros dos se topan con Xavier y se ven envueltos en el asesinato de un empleado de minimercado, lo que causa que la esposa del mismo mate a sus hijos y se suicide en el acto.

Siguiendo este ritmo los personajes presienten que algo extraño está por sucederles, pero no logran saber lo que es y esta sensación se mantendrá hasta el final de la película: en la escena final se ve a Amy fumando un cigarrillo y a Xavier comiendo nachos mientras avanzan por la carretera hasta que se desvanecen en los créditos. La película se llena de alusiones al día del rapto o arrebatamiento cristiano, el típico Obey, usado ya en They Live de Jhon Carpenter. Funciona como una máxima o, incluso, un mandamiento que deben seguir los ciudadanos. Los avisos de prevención de uso de drogas en la juventud se ridiculizan al ser portados como camisetas por los mismos jóvenes mientras las están ingiriendo.

Amy se siente abrumada por la ciudad que se está llevando su vida poco a poco, la chica presenta una versión desfigurada de la típica girl next door y, como resultado, en cada lugar que visitan es confundida con el amor perdido de los parias, los incomprendidos y los engendros sociales. Jordan encuentra lo retorcido de la vida real, la dependencia con respecto a un amor juvenil que es destructivo y vacuo y Xavier encarna al bad boy, el rebelde sin causa que cuando no es el centro de atención siente todo el peso de su soledad. En una de las últimas escenas, la ya mencionada del trío, llega una pandilla de skinheads nazis que violan a Amy y castran a Jordan produciéndole la muerte. Todo esto mientras la bandera de los Estados Unidos ondea con un guiño de ironía.

Hijos de hogares disfuncionales, de padres adictos a la heroína y a la cienciología y de amigos que se han suicidado, ellos tres son la otra cara de ser un joven de los ‘90, la orilla en donde no hay esperanza en el futuro, sólo absurdidad y tedio .

Nowhere no nos muestra un lugar más amable: repleta de burlas a los lugares comunes, se muestra el reverso de los sistemas de status quo en donde los chicos populares pueden hacer lo que desean. Dark Smith, Mel, Montgomery y Lucifer van a la reconocida fiesta de Jujyfruit, no son las típicas escenas de Clueless en donde los chicos se enamoran y son felices y resuelven sus problemas con el dinero de papá y los centros comerciales. En esta fiesta se festeja con drogadictos, sadomasoquistas, transexuales, queers y extraterrestres, pero antes de que todo esto suceda se ven ataques de grupos anarco-terroristas que visten a la moda, predicadores cristianos, padres despreocupados y frustrados por haber tenido hijos y estrellas de series televisivas.

Las relaciones monogámicas no tienen lugar, pues aparece el lema central en donde se encuentra una ideología del desecho, en la cual el amor y el sexo, que es para lo que están hechos los seres humanos, debe aprovecharse en su totalidad en la juventud pues al llegar a la vejez ya nadie los querrá; con un reparto de actores más amplio que en la película anterior los problemas adolescentes se diversifican, Araki afirma que su deseo era hacer una versión retorcida de la serie adolescente televisiva 90210, obteniendo anunciar que Nowhere simboliza el sentimiento de no pertenecer a ningún lugar en la adolescencia. 

Las escenas más remarcables de esta película vuelven a dar una visión crítica de la sociedad a través de la lente del humor negro. La violación que perpetra una celebridad –que se ha propuesto ser una parodia a Baywatch– de una joven con problemas de autoestima es un reflejo de la idolatría excesiva de que son objeto las celebridades. El suicidio de esta chica, que además era bulímica, y de otro de sus amigos después de ver el llamado de Dios en la televisión en el programa de un predicador, y la abducción de un muchacho que reaparece para satisfacer los deseos de sentirse amado por Dark para después explotar en pedazos frente a sus ojos cuando un extraterrestre sale de su interior lo dejan en la nada, y, por último, el asesinato de un drug dealer con una emblemática lata de sopa de tomate por haber vendido drogas de baja calidad, caricaturizan los arranques de violencia y absurdo del país que son auspiciados por la cultura pop. 

Los filmes no hacen referencia a una época encantadora y sencilla, intentan hacer una denuncia del amarillismo de los medios, la falta de horizonte de sentido en la juventud, la discriminación hacia los homosexuales y, en definitiva, a los patrones de conducta consumista de los norteamericanos. Aunque su género es difícil de catalogar pues el filme contiene drama, humor negro, ciencia ficción y, en ocasiones, características del cine clase b, vemos el genio de un director de cine independiente. 

El recorrido en auto de pueblo en pueblo como forajidos se ha convertido sin duda en un cliché en el cine, al igual que las escenas de grandes fiestas que se salen de control, pero la figura que encarnan estos jóvenes no corresponde a la de la fama y la gloria: no serán celebridades queridas, ni siquiera serán apreciados. Muestran un panorama de figuras desdeñadas pero que son importantes en la composición de su cultura, una sociedad con problemas que se enfrenta al absurdo de la vida misma y a las incoherencias de un país que los encadena a un destino trágico que no pueden evadir: no hay cómo escapar al hecho de ser los hijos de la generación maldita, los outsiders que no encuentran lugar en el mundo, pero este tipo de situaciones tienden a ser olvidadas a medida que pasa el tiempo, por lo menos si logras sobrevivir a todo eso.



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