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Uno de tantos Joker del arte contemporáneo: Abel Azcona
Por Manuela Ocampo
Estudiante de Filosofía y letras, Universidad de Caldas

Hace poco el artista español Abel Azcona visitó la Universidad de Caldas, invitado por el Centro de museos de la institución para impartir una serie de talleres y charlas sobre su arte: el performance. Una estudiante de filosofía, como verán, no quedó convencida.

Uno de tantos Joker del arte contemporáneo: Abel Azcona
Ilustración por Reptil

Uno de los aspectos curiosos de una parte muy visible del arte contemporáneo es que, de alguna extraña forma, requiere justificación. Me refiero a que antes a los artistas se les cuestionaba por que algunas de sus obras eran inmorales o antipatrióticas o grotescas. Pero hay una cantidad de manifestaciones artísticas contemporáneas que, antes que nada, deben incluir una reflexión justificativa sobre su pertenencia al arte. 

En uno de sus performances, el artista español Abel Azcona se pinta de blanco en una calle, está vestido únicamente con una especie de calzoncillos o manta, arma un círculo de piedras blancas y se mete dentro de él en la posición del escarabajo, apoyado en las piernas dobladas sobre el suelo, la cabeza hundida en los brazos estirados. Luego comienza a tirarse piedras encima, y algunos transeúntes pasan, toman una piedra y hacen como si se la tiraran pero, desde luego, sólo la colocan suavemente encima del cuerpo de Azcona. La obra se llama Lapidación. Al menos la no-pipa de Magritte se parece mucho a una pipa, pero el show de Azcona no tiene con la lapidación más vínculos que el nombre. Desde luego, no queremos que lapiden a nadie, ni en broma siquiera. 

¿Usted consideraría que un simple video de una relación sexual como cualquiera otra, montado en la red en un canal de Youtube, es arte? Abel Azcona, artista español, en una reciente visita a la Universidad de Caldas, dictó varios talleres y charlas para explicar su performance, ya que sólo con verlo se dificulta encontrar su valor artístico, claro, si no sacara provecho del calificativo de "performance", que lo salva de cualquier otro nombre que se le quiera poner -aunque a decir verdad, aunque le digan performance a la fotografía y "acción pública artística" de Azcona, sigo pensando que es una persona sedienta de atención en vez de un artista con todas las de la ley. Ahora,  siendo sincera, me molestaba drásticamente el performance, pero no tenía una idea clara del por qué de esta reticencia constante en mi. Gracias, pues, a Azcona, pude articular las razones de mi repudio ante este nuevo tipo de arte, es decir, la reprochable práctica de justificar cada obra para que pueda ser entendida, ya que ella misma no puede hablar.

No sabemos hasta ahora qué es el performance, unos dicen que es un arte de la inmediatez, otros dicen que es el arte conceptual… ¿Se les puede llamar performance a las fotos y videos de Azcona? Es inevitable, el performance se auto complace con argumentos ajenos que buscan cualquier conexión con la realidad que le permita construir un rápido y blandengue razonamiento para defender que efectivamente es arte. Es un buen momento para compararlo con esa clase de teorías conspirativas que, a pesar de que parecen tener toda la evidencia en contra, siempre resultan salvadas por sus seguidores con alguna artimaña (e.g., si no llegó el fin del mundo en el momento predicho, fue porque Dios se apiadó de los hombres, o porque los rezos de la secta fueron exitosos; si los extraterrestres no se comunicaron esta vez, fue porque había unos escépticos entre la audiencia y los espantaron; si no cayó el número de la lotería, fue porque no la apostamos con la suficiente fe; si el hechizo no funcionó, fue porque nos demoramos dos minutos con respecto a la hora exacta; y la cantidad de ejemplos puede multiplicarse a gusto del paciente). 

Llamaré a ese recurso salvador y típico, el Joker de la argumentación. Mi sugerencia, en la analogía que propongo, es que buena parte de los performances y otras manifestaciones artísticas contemporáneas, funcionan gracias a un Joker similar. 

¿Por qué afirmar esto? Viene al caso recordar el último taller en el que participó Azcona en la Universidad de Caldas. Allí, como acto de repetición, retomó toda su argumentación mientras que, a la par, iba mostrando y explicando algunos de los performance que ha hecho. Es simple, Azcona sólo debe refugiarse en algunos elementos que pueden ambientar su acción como si fuera artística. Por ejemplo, las galerías, la estética de las fotografías, la decoración de los espacios y hasta la argumentación floja de su oficio. No obstante, hay que recordar que ambientar y justificar no es hacer arte, y que gracias a la fama y el prestigio logrado por hacer desde pinturas majestuosas como las de Turner hasta pucheros fotografiados como la obra de Azcona, se llega a llamar artista a cualquier persona que busque un concepto original y ponga un objeto cualquiera en un espacio determinado con un cuento rebuscado. Por tanto, la connotación de artista no puede llegar a confundir al público a creer que, efectivamente, lo que hace esta persona puede llamarse arte. Esos pequeños refugios de los que he hablado hacen que los argumentos de Azcona sean de tipo Joker y que cualquier crítica razonable se responda con un aire de desdén para quien la hace, por ignorar y no entender que lo que tiene en frente es arte (en entrevistas, el propio Azcona declara que no le importa en lo absoluto si lo que hace es arte). Se convierte, pues, en un tipo de arte magullado que está dentro de una burbuja de cristal, intocable pero permisiva; todo lo que entra allí puede ser arte. 

Ahora, ¿cuántos conversatorios tuvimos que escuchar sobre las conceptualizaciones de Van Gogh, Picasso o Monet para apreciar su obra? Azcona, por el contrario, se basa en la experiencia de su vida para justificar que su obra es arte. A mi parecer, una obra de arte no debe tener justificaciones externas a ella, porque precisamente se busca encontrar en la experiencia del público con la obra un valor, un sentimiento o un reconocimiento que sea inmediato y, sobre todo, interno a la obra (por ejemplo, ¿que un cuadro sea comprado en un millón de dólares –un factor que parece externo– lo hace grandioso? (si mal no recuerdo, la mayoría de los cuadros de Van Gogh no pudieron venderse). Azcona afirma, casi como un gesto de obviedad, que su fotografía no puede ser comprendida sin conocer, primero, su autobiografía y, segundo, el panfleto que acompaña a cada proyecto. 

Azcona parece confundir aquí la relación causal que una obra puede tener con un pasado tortuoso, con el valor de esa obra. Es como cuando alguien pide que tengamos en cuenta los esfuerzos que ha hecho (¿no ocurre esto, precisamente, en las ocasiones en que la persona ha fracasado en sus intentos?).

Remachemos un poco más sobre el lugar común de un pasado de sufrimiento como argumento para calificar de arte la pataleta fotografiada por Azcona. Es evidente que muchos escritores han utilizado esta herramienta como base o fundamento de alguna de sus obras literarias, por ejemplo. Han sacado provecho de su pasado, de sus experiencias dolorosas, de sus preocupaciones y dolencias para escribir textos magníficos en los que se encuentra estética y arte sin discusión. Podrían replicarme, entonces, que lo que hace Azcona es igual, en método, con lo de estos escritores que tanto admiro, y que por lo pronto, caigo en una contradicción al argumentar en contra de éste. Voy a ejemplificar para hacer más comprensible mi respuesta a estos posibles replicadores y defensores del español. Quiero, pues, recordar un grandioso libro, que he leído recientemente, y que me ha recordado y ha fortalecido mi crítica al performance. “Diario Argentino” de Witold Gombrowicz; un respiro de realidad con literatura. Es claro que “Witoldo”, como lo llamaban en la Argentina, recurre a su autobiografía para escribir estas páginas llenas de variedad tanto argumentativa como sensitiva. Podemos rastrear de éste, sin mucho esfuerzo, sus preocupaciones y sus quejas como ser humano; su dolor por dejar a su familia en Polonia en medio de la segunda guerra mundial; su desgarrada soledad y desorientación en el país del sur, etc. No obstante, el valor  de esta obra no está en los infortunios que le pasaron a Gombrowicz, ni en sus traumas o su dolor personal, ni en su soledad y su tristeza, sino en el estilo en el que plasma toda esta historia, que más que bien, podría ser toda inventada. En consecuencia, el valor artístico de una obra no está en los recursos externos que le inspiraron o le llevaron a hacer esa obra, sino en la forma de plasmarlo y de mostrarlo ante un público. Azcona, en oposición a lo anterior, hace que la argumentación principal y la justificación total de su obra sea su vida pasada, pero no la realización de su oficio en sí, es decir, no intenta justificar o armar discusión sobre la experiencia de su obra, sino en pro de un panfleto antes leído o contado que dice ser esencial para la comprensión de lo que muestra a continuación: fotos y videos en los que veo más que a un artista, a un adolescente actualizando su Facebook. (Aquí recuerdo algo que dijo Borges sobre la llamada literatura comprometida, esa que pretende producir obras de arte que contribuyan a la revolución, a aumentar la conciencia de los oprimidos, etc. Decía Borges que él nunca entendió esa postura literaria, puesto que es imposible planear una obra: un autor puede empezar buscando una expresión de la horrible injusticia social y terminar haciendo cualquier otra cosa. Sólo el libelo más banal puede ser planificado desde el comienzo hasta el final –como decía Onetti, “quien quiera mandar un mensaje, que contrate un servicio de mensajería”–. Creo que este problema hace parte de la explicación de que muchos de los performances e instalaciones contemporáneas sean trivial e insulsamente conceptuales: se limitan a emitir un mensaje).

Refiriéndose al performance, Azcona dice, en una entrevista: “si yo no hubiera encontrado esta herramienta, no estaría vivo”. Ahí tenemos, creo, una de las claves de la relación del arte de Azcona con el psicoanálisis y de la naturaleza de ciertas manifestaciones artísticas contemporáneas. Me refiero a que, en el caso de la tragedia griega –para restringirnos a las artes escénicas–, las obras de teatro de Beckett o Brecht, es cierto que una de las funciones que desempeñan es catártica. Es algo colectivo. Es las dos cosas a la vez: nos ayudan de una oscura manera, no sabemos a qué, y por otro lado valen la pena por sí mismas. Son, para usar la expresión que Charles Simic reserva para las piedras, “un espejo que funciona mal”. En el caso de obras como las de Azcona, uno –o por lo menos yo– no alcanza a ver qué otra función podrían desempeñar aparte de ayudarle al paciente.



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