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Juego de damas de Moreno Durán y la pobreza de una tradición
Por Laura Bernal
Estudiante de filosofía y letras, Universidad de Caldas

A propósito de una novela de Moreno Durán, la autora de este artículo revive un debate sobre la recepción de la herencia literaria colombiana.

Juego de damas de Moreno Durán y la pobreza de una tradición
Ilustración por Juliana Soto

Quiero empezar con unas palabras más bien recientes de Gutiérrez Girardot, antes de entrar en un problema que fue planteado hace ya unos cuarenta años por Ángel Rama. En un artículo del 2005 titulado “Polémica y crítica", dice Gutiérrez:

En Colombia, la polémica se entiende como un ataque con las únicas reglas de la envidia. No se atiende al contrincante ni se lo sabe o quiere comprender. Es el cadáver indócil del que se cortan retazos para demostrar su incompetencia. Incapaces, por deformación escolar, de comprender contextos, su historia de la literatura se compone de ídolos intocables. Es un museo, no una voz y testimonio del pasado, que, al desmitologizarlo, nos permite descifrar los vacíos y simulaciones que se han continuado. Es comprensible que para esa concepción pétrea de la vida intelectual, la desmitologización de quienes nutren y fomentan es una blasfemia imperdonable.

Tal vez estas palabras contengan la justificación de entablar un debate de hace tantos años y que no pierde vigencia. El boyacense, tunjano, R. H. Moreno Durán empezó a escribir en los años setenta, hasta su muerte en ese mismo 2005. De inmediato una serie de críticos ven en él la oposición, no a una tradición, sino a un nombre que abarcaba y ensombrecía el ambiente literario colombiano. Se preguntarán cómo se puede hablar de ensombrecer al referirse a la obra de García Márquez, si por el contrario le dio a las letras colombianas un nivel y reconocimiento mundial que no había tenido antes, así como el aporte de un valioso material simbólico a nuestra sociedad. Tal vez fue una figura demasiado gigante en un contexto demasiado ínfimo, podría decirse. Dentro de un campo literario específico unos nombres tienen más predominancia que otros. Eso nos llevaría al tema del canon. Pero el tema del canon es bastante complejo, aquí y en cualquier nación que pretenda organizar su tradición literaria. Lo primero que hay que considerar es que esa imagen es completamente falsa. En el transcurso de estas décadas, digamos de los sesenta a los noventa, surgieron gran número de escrituras, muchas de ellas contrarias y contestatarias, a cierto modelo estético que veía en García Márquez a su gran representante. Ese es el caso notable de R. H. Moreno Durán.

Sin embargo, a pesar de sus méritos Moreno Durán puede ser visto como una víctima histórica, de esas que tanto se pueden desempolvar en una tradición literaria. Pero no con el patetismo con el que algunos se refieren a Andrés Caicedo diciendo que su verdadero victimario fue García Márquez. Dar por sentado que un escritor desencantado por la existencia lo que necesita es ser premiado con ventas de libros y un puesto prominente en el canon de su país es reducir a la vacuidad las preocupaciones profundas por las que un autor escribe. Lo que sí podemos afirmar es que por estar encumbrando a García Márquez, varias generaciones de lectores colombianos relegaron a un estado de marginalidad a varios escritores que tenían incluso mejores cosas que decir acerca de su tiempo. Pero tampoco hay que ser sesgados. Moreno-Durán desde su primera novela tuvo reconocimiento. El problema es que se dio solo en un contexto muy reducido, y si creemos en la existencia de un gran público (que en Colombia en definitiva es ínfimo), su obra no ha llegado a él. 

Tenemos entonces dos grandes categorías desde las cuales quisiera analizar algunos aspectos de la obra de R.H. Moreno Durán y su recepción en Colombia. Primero está el tema del canon, haciendo la salvedad de que en Colombia no se puede hablar de un claro canon oficial, a no ser el de unos cuantos nombres que se leen en ediciones resumidas en los escuetos programas escolares, como lo demuestra una revisión de los trabajos que se han hecho sobre nuestra historia literaria y el propio campo de la crítica literaria de que nos hablaba Gutiérrez Girardot. Y por otro lado tenemos el tema del mercado editorial, que ha llenado los vacíos que han dejado las políticas culturales estatales, e incluso la misma actividad intelectual en el país. 


Una historia latinoamericana

No pretendo en un rápido análisis como este abarcar ampliamente las dinámicas del campo literario en Colombia. Quiero centrarme en el caso concreto de García Márquez, tanto como “personaje célebre” casi “prohombre de la patria”, así como “etiqueta de marketing”, con el fin de tocar un aspecto concreto de la recepción de Moreno-Durán.

Entender por qué el prominente nombre de García Márquez limitó la recepción de otros autores requiere una acción de “entender contextos”, que llevaría a una “desmitologización de los ídolos intocables”. Quien nos puede contar esa historia, quien nos puede develar ese contexto, es el propio Ángel Rama. Para el año de 1964 el crítico uruguayo había escrito una serie de ensayos donde analizaba el fenómeno de una nueva narrativa latinoamericana basándose en la necesidad de “un urgente servicio de transmisión de la cultura en Latinoamérica”. Fue una tarea efectuada por largo tiempo y que en ese año de 1964 encontraría su momento cumbre con la publicación del número de octubre-noviembre de la revista Casa de la Casa de la Américas en Cuba. Esta consistía en una reunión de textos de Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, junto a un largo ensayo del propio Rama titulado Diez problemas para el novelista latinoamericano.

La historia que sigue la conocemos y la sufrimos hasta la fecha todos: fue un gran momento de júbilo y orgullo por un tesoro cultural impensable hasta el momento. Rama describe muy bien qué fue lo que pasó. Durante varias décadas, que se pueden remontar hasta la del veinte, una serie de escritores abastecidos de las vanguardias europeas y de otras tradiciones narrativas, principalmente la norteamericana, había estado escribiendo obras de una calidad sin precedentes hasta la fecha. Estas habían permanecido ocultas al gran público del continente. Trabajos como los de Ángel Rama fueron los responsables de un reconocimiento mucho más amplio alrededor del continente, lo que llevaría a la idea de una gran “literatura latinoamericana”, ampliando así la fronteras nacionales, e inscribiéndose en una corriente de pensamiento conocida por todos. Pero lo que en su momento fue visto como una acción necesaria, luego mutó en una serie de fenómenos que traerían más mal que bien al objetivo central de Rama y otros críticos de su momento: enriquecer los contextos culturales de Latinoamérica. El crítico uruguayo nos cuenta:

De acuerdo con una tenaz porfía propia, procuraba integrar poetas, narradores y ensayistas como obligados partícipes de una empresa común y considerada, ya que una literatura no era dos o tres grandes nombres, sino una continuidad de plurales generaciones que se constituían en una poderosa fuerza creadora, abriendo nuevas perspectivas, compitiendo en nuevas proposiciones, apoyándose mutuamente para ampliar un variado frente productivo.

Bastante esperanzadoras resultaban estas ideas iniciales de Rama, incluso utópicas al repasar lo que realmente ocurrió. De hecho esa es la motivación para él escribiera este nuevo ensayo, que es el prólogo a una nueva antología que hizo en 1981. No es la generación del posboom como aclara él, quién siempre vio este nombre solamente como una estrategia de “marketing” de una época de expansión del mercado, sino la de los “contestatarios del poder”, una generación que ya había presenciado el mayo del 68, la revolución cubana, que vivía bajo la guerra fría, eran hijos de unos procesos de transculturización, y otros tantos factores que los llevarían a nuevas formas de concebir la sociedad y el poder. 

Lo que hace Rama entonces es repasar lo que ocurrió en casi tres décadas, y entender por qué la utopía de reconocer una literatura vastamente plural no se pudo llevar a cabo, por qué falló ese proyecto histórico. Y así, al revisar qué pasó a partir de ese año de 1964 nos dice:

Hubo una jubilosa borrachera inicial, la candorosa certidumbre de que la excelsitud artística era el pan nuestro de cada día. Después comenzamos a percibir las distorsiones y resquebraduras de ese cuadro idílico, tal como he tratado de describirlas en el citado ensayo sobre las vicisitudes del boom y tal como he venido sosteniendo desde 1972 junto con otros críticos (Luis Hars, Jean Franco, Jaime Mejía Duque, entre otros), cuando pareció que el sedicente boom iba a camino a constituirse en una restringida fortaleza que pretendía detener el tiempo, contener lo que es más importante que todo: la fuerza creadora de la pujante sociedad latinoamericana.

Y fue exactamente lo que ocurrió: detuvo el tiempo. Al menos en apariencia, al menos para el gran público que creció orgulloso de tres o cuatro nombres a los cuales se reducía la literatura latinoamericana. Y digo en apariencia porque si bien esta fue la imagen que se impuso, en esos mismos años tiránicos del boom hubo una producción tan plural y rica como en los sueños más utópicos de Rama. No era una utopía entonces, era una realidad histórica incontenible que había divisado. Los grandes cambios que el mundo y el continente sufrirían crearon “otras clases, otras lenguas, otros órdenes”, que sin embargo no encontraron un público amplio, y que siguen en varios casos sin tenerlo, a pesar del “redescubrimiento” tan grande que se ha tenido en los últimos años. Y no es un simple problema de poner y quitar autores en los lugares de privilegio como lo vería Harold Bloom, sino todas las implicaciones culturales que esto trae y que tanto le preocupan a Rama. Se puede formular de una manera muy general: un anacronismo simbólico. Lo cual no es poca cosa ya que estamos en unas décadas de drásticos cambios.

Así, dentro de estas preguntas de lamentación histórica, uno puede pensar no sólo en quiénes vinieron después, sino también otros nombres que estaban antes, y que perfilaban ricos caminos creativos, que sin embargo se cerraron a una serie de estéticas que se volvieron oficiales y más rentables obviamente. ¿Qué pasó entonces en esa época con Borges, con Macedonio Fernández, con Manuel Puig, con R.H. Moreno Durán, con Cabrera Infante, con Reinaldo Arenas? 


El canon colombiano: exclusiones y pobrezas

De este fenómeno continental tenemos nuestra parte los colombianos. Como el resto del continente desde que fuimos república independiente, se planteó la necesidad de construir un canon literario, lo cual, como ya he afirmado, no creo que se haya logrado consolidar en términos reales, a no ser bajo esa lógica que describe tan bien Gutiérrez Girardot como un simple “museo” de nombres célebres. Por tanto, este tema de las construcciones simbólicas en función del proyecto nacional nos remitiría hasta el siglo XIX. Por supuesto, lo que concierne en este momento es un episodio concreto de su construcción, el de la década de los sesenta y setenta del siglo XX. Quisiera citar unas palabras de Harold Bloom acerca de la construcción de un canon. Dice:

El canon, una palabra religiosa en su origen, se ha convertido en una elección entre textos que compiten para sobrevivir, ya se interprete esta elección como realizada por grupos sociales dominantes, instituciones educativas, tradiciones críticas o, como hago yo, por autores de aparición posterior elegidos por figuras anteriores concretas (…) La tradición no es sólo una entrega de testigo o un amable proceso de transmisión: es también una lucha entre el genio anterior y el actual aspirante, en la que el premio es la supervivencia literaria o la inclusión en el canon.

Harold Bloom describe con, hay que reconocérselo, gran sinceridad su labor de elegido: la construcción del canon.  Y al mismo tiempo nos da cierta concepción de la literatura con la que operan estas construcciones. El devenir del fenómeno literario exige ser organizado respecto a unos criterios y objetivos. Esos pueden ser impuestos, como dice Bloom, por diferentes instituciones sociales. Y esta organización en últimas resulta siendo casi una competencia clientelista. Un escritor debe ganarse los favores y congraciarse con las instituciones que tienen el poder de encumbrarlos o no en el honor de ser parte de estos otros “elegidos”. 

Frente a esta realidad un escritor puede tomar muchas posturas a la hora de entrar en relación con su tradición, desde pretender seguir unas estéticas oficiales o exitosas creyendo garantizarse así su propio éxito, hasta los que protagonizan momentos de ruptura con las líneas oficiales, no por un simple hecho de destronar al otro, sino por unas necesidades estéticas y explicativas del mundo. Es verdad que se puede tomar plena conciencia de esta posición, y articular un discurso explícito y militante con el objetivo de “deslegitimar la moneda en uso”, como es el caso de Fernando Vallejo, quien ha construido todo un discurso contestatario frente a la imagen sacralizada de García Márquez. Y tiene razón de hacerlo: su propio estilo, nacido de sus propias inquietudes, históricamente se ha ubicado en una dimensión diametralmente opuesta a la de su antecesor. Es usar esta realidad como arma discursiva.

Así mismo, la figura de R.H. Moreno Durán se ha izado en oposición a todo lo que implica García Márquez. La diferencia es que su obra se hace visible inmediatamente en los setenta, no como Vallejo que tardaría en entrar en el panorama colombiano. Los dos hacen parte de esos jovencísimos escritores latinoamericanos que empiezan a escribir bajo el auge del “boom”, y frente a los cuales se plantea una serie de preguntas históricas Ángel Rama. 

Colombia por supuesto no fue la excepción a este proceso que hemos descrito en toda Latinoamérica. La profesora Luz Mary Giraldo ha dedicado gran parte de su trabajo de crítica literaria a revisar el canon colombiano, y plantear la necesidad de pasar el capítulo garciamarquiano y poder ver la gran pluralidad de escrituras que de los setenta para acá han surgido. Siguiendo las reflexiones de Rama ha revisado el canon colombiano y planteado un nuevo capítulo que nos habla de estos contestatarios del poder o, en sus propios términos, de estos “deslindes y rupturas”. En su libro Más allá de Macondo ha hecho un trabajo muy sistemático, debidamente organizado y periodizado. Desde el prólogo deja clara la necesidad de superar este momento de la literatura en Colombia y darle la importancia que se merece al trabajo de otros autores, que han sido opacados y han tenido que reaccionar frente a estos modelos implementados con tanta fuerza. Al respecto dice:

Entre la transición y la ruptura, Macondo y Maqroll tienen su lugar en el canon y para muchos han cumplido su ciclo, aunque no se realice su duelo y sigan al otro lado de las realidades y las aventuras del mundo contemporáneo que exige una nueva conciencia del tiempo y de los hechos. Antes y después de Macondo se confirma que existe –como en varias ocasiones lo reconoció el escritor R.H. Moreno-Durán– un “más allá” u “otro lado” del mismo territorio de ficción que cuenta, narra y fabula. Así mismo, existe una creación que incita a una reflexión más acá de Maqroll con personajes más terrenales y menos míticos y utópicos, que nos acercan de otra manera a lo antiheroico, escéptico, desencantado y vertiginoso de los tiempo actuales. Hay lados más próximos a lo contemporáneo o lo inmediato diferentes a lo real maravilloso, a la aventura romántica o demoníaca, a los mitos y arquetipos. 

Es aquí donde entra la figura de Moreno-Durán como un hito de esta ruptura. De ahí que la propia Giraldo escriba este nuevo capítulo de la tradición en esa oposición García Márquez/Moreno Durán, como lo hace también Gutiérrez Girardot en el último capítulo de su libro Ensayos de literatura colombiana I


Asuntos del mercado

Si bien la idea de una literatura oficial implica lo estatal, es decir, desde políticas culturales, acciones de censura hasta el sistema educativo, el mercado es en la mayoría de los casos el factor predominante, y más si estamos hablando de la segunda mitad del siglo XX. Es el caso colombiano, donde un mercado editorial que se expande, como lo describe Rama, es el que definirá los gustos estéticos y definirá el proceso de difusión y recepción. Por supuesto esto ocurre en consonancia y oportunismos con esta tradición, con este canon. 

El tema del mercado resulta pues fundamental. Toda esta discusión que he entablado, este período que he revisado, fue generado en gran parte por la gran fuerza expansiva de un mercado global, como lo reconoció tan lúcidamente Ángel Rama. Si bien se puede hablar de todo un proyecto de identidad latinoamericana en la cual se inserta el boom, este fue sobre todo una gran estrategia de mercado. Sería extenso entrar en los pormenores. Se puede revisar la historia, y los testimonios de los mismos protagonistas. Cortázar en sus entrevistas, Donoso en su novelas, la historia de las editoriales españolas, todo este material muestra con nombres propios, tanto de estrategas de mercado, editores, promotores culturales, cómo se fue construyendo todo un mercado continental que encumbró a ciertos nombres como grandes best sellers. En conclusión, toda esta acción del mercado está muy ligada a ciertas líneas de pensamiento que estaban presentes en todo el continente. Y finalmente hay que decirlo, son los grandes monopolios, ya en proceso de consolidación para la época, los que terminan creando este gran público, los que educan estas generaciones de lectores.

Recogiendo pues estos dos aspectos que se retroalimentan, escritores como Moreno-Durán no encontraron una gran difusión y fueron sumidos en el silencio. No solamente en su obra había elementos incómodos para un Estado y muchos círculos sociales e intelectuales, sino que a la vez tenía ciertas características que no la hacían un producto rentable; verbi gracia, la última edición de Femina Suite, edición conmemorativa que hizo Alfaguara en 2002 para sus 25 años, que por tener tan pocas ventas no volvieron a imprimir. En primera instancia está por supuesto la desavenencia con estos círculos que son a la vez consumidores, así como cierto gusto estético ya establecido del cual Moreno-Durán no hacía parte. Es una obra muy novedosa para la sociedad colombiana, trata no sólo temas incómodos, sino que al ser tan experimental es una de esas obras que necesitan crear un público. Y no es buena estrategia de mercado crear un público, al menos no cuando ya existe uno al cual dirigirse.

He hablado ya varias veces de este carácter de ruptura, experimental, novedoso de la obra de R.H. sin entrar en detalles. Esto es porque quiero hacerlo desde la revisión específica de su primera novela de la trilogía Femina Suite: Juego de damas.


Moreno Durán y su Juego de damas

Queda pues sentado el antagonismo que se ha establecido entre García Márquez y R.H. Moreno Durán, y cómo está enmarcado en una discusión más amplia, que nos lleva a un contexto latinoamericano. Y si me he permitido extenderme en esta contextualización y en el planteamiento de un problema que va más allá de lo local, es porque quiero hacer una lectura de la novela Juego de damas como representante privilegiado de esta ruptura, de este momento de giro en la literatura colombiana, que fue ignorado por la mayoría, pero lúcidamente apreciado por algunos. 

En esta novela que empezó a escribir alrededor de 1974, se encuentran ya las grandes preocupaciones de su escritura: la figura femenina que irrumpe aquí como nunca antes había pasado en Colombia, la historia colombiana, la política nacional, el humor y la sátira, la tradición erótica de las letras europeas, y demás etiquetas con las que se reconoce de inmediato el estilo de R.H. Pero no solo en el campo temático sino también en la búsqueda de nuevas formas narrativas, que se apartan de estas formas oficiales.

Arranquemos por una diferencia muy notoria. Siguiendo este camino de anteponerse a las concepciones de novela que existían en nuestra tradición, desde un criollismo rural, hasta el estilo de García Márquez, aquí la anécdota no está en el centro de la escritura, no estamos frente a “un narrador que confía demasiado en la fuerza de la anécdota sorprendente y en su capacidad de invención”, como lo definió Gutiérrez Girardot. Moreno Durán definitivamente no quiere inventar magnánimas historias que resuman el destino de un país. Todo lo contrario, es difícil decir concretamente qué se cuenta en Juego de damas, pero sí nos queda una fuerte impresión de su estilo, que ha sido definido como una profusión verbal sin antecedentes. 

Muchos se han acercado a él desde una categoría crítica bastante usada para definir la producción literaria de las últimas décadas, esta es, la de escrituras experimentales. Sin embargo, Moreno Durán es un caso excepcional, ya que es resultado de una actitud tan personal, de un tono de voz tan inconfundible y avasallador, que se aparta de lo ordinario y constituye la excepción a la regla. Este testimonio nos lo da uno de sus cercanos amigos, Fernando Cruz Kronfly, quien pudo ver tan de cerca las correspondencias entre el incansable y brillante conversador, y este estilo literario tan rico verbalmente. En el ensayo “La suite femenina de Moreno-Durán o el desmantelamiento de los poderes masculinos”, dice:

Había decidido instalarse por siempre en una especie de “suite” verbal, lúcida y lúdica. En vivo, Moreno-Durán era una auténtica fiesta. El lenguaje y el estilo fueron su mundo, su tejido (…) La literatura colombiana, hasta entonces, no conocía esta desmesura. Tampoco, por eso mismo reconocía el valor inmenso de la levedad como opción narrativa, sustentada en el puro estilo, la ironía y la lúdica verbal. Todo entre nosotros resultaba ser “profundo”, “serio”, “fundamental” y “solemne”, a pesar de que la vida cotidiana real no es más que levedad, azar y casualidad. El humor y la risa no habían encontrado espacio digno en la narrativa nacional, que insistía en vestirse siempre de negro y corbata. Luis Carlos López había sido una planta rara, exótica, considerado por muchos “poco serio”. 

La novela no tiene mayor acción en el plano del tiempo presente de la anécdota. Una serie de personajes se encuentran en una reunión conversando de diversos temas, mientras la música va y viene, al igual que el licor y las drogas. Están en el apartamento de Constanza Gallegos, la Niña, una fiel representante de las Mandarinas, una clase de mujer intelectual la cual explicaré más adelante. Los invitados en su mayoría son parejas de esposos. Esto crea una serie de tramas amorosas. Paulette es esposa de David Patiño y amante de Rodrigo Camargo, pero David es amante de Constanza Gallegos, la anfitriona, quien es esposa de Joao Aldemar Supardjo, que a su vez consuela a David por la infidelidad en vista de todos de Paulette. Y así tenemos a Jorge Arango e Irene, a Stella Valdivieso y Ramón Socarras, a Guillermo el Trovador y Leonor de Aquitania, a Marcelo Villa, Alcira Olarte, Helena Araujo. Todos con pasados comunes y presentes confusos, tanto así que es bastante difícil establecer claramente el tipo de relaciones entre uno y otro. Y estos nombres y algunos más se la pasan hablando de política, sexo, literatura, música, en diferentes grupos que se van cambiando.

Estamos pues en un espacio cerrado con un aura de ambiente cortesano, donde a través de las diversas conversaciones que tienen lugar se va develando el mundo, la cultura y la sociedad, desde una palabra llena de referencias eruditas y populares que van en busca de hacer juegos verbales, parodias, en todo un proceso artificioso que ha llevado a muchos a hablar del barroco en esta novela. Y es así que a través de diferentes voces que aparecen una y otra vez, y un narrador que acompaña siempre la fiesta, se va desenvolviendo esa profusión verbal de la que hablaba en referencia a Moreno Durán.

La mayoría de los invitados aquí presentes hacen parte de una intelectualidad universitaria de izquierda de clase media que han ascendido socialmente en la década de los sesenta. Muchos han sido militantes activos de grupos políticos de izquierda, que parecen estar haciendo una “revisión de conciencia” de los confusos años que han vivido, mientras se van poniendo cada vez más borrachos y drogados. Pero aquí el universo no es masculino, sino femenino. Estamos es ante un juego de damas, y este es el elemento estructurante de la novela. Al respecto dice la profesora Luz Mary Giraldo en el libro Más allá de Macondo:

Sin embargo, el narrador multiplicado en la novela iniciadora del ciclo Fémina suite, mediante diversas voces da también una versión opuesta al presentar a la mujer como ser autónomo que busca un lugar en los escenarios sociales, políticos e intelectuales, según su experiencia, inteligencia, capacidad de relación y sagacidad para moverse en ambientes contemporáneos. Evidentemente, a tono con el desarrollo del siglo XX, su narrativa revela las conquistas de la mujer: la conciencia de su cuerpo y de sus expresiones, por ejemplo.

Esas experiencias hacen que Moreno Durán dé una imagen completamente diferente de la mujer, que no había tenido cabida en la tradición colombiana. Es una mujer independiente, politizada, liberada sexualmente, intelectual. Ese es uno de los temas más radicales y de mayor ruptura con la tradición, y por el cual quiero comenzar una vez hecho ya el panorama general de la novela.


El manual de Monsalve

El Manual de la Mujer Pública, pensando por Monsalve, uno de los personajes de la novela que no aparece en la reunión, es la teorización de la visión sobre este tipo de mujer (desde una perspectiva masculina, valga aclarar). Arango es quien explica la teoría ante Leonor de Aquitania y otros de los asistentes. Por ser un pasaje central en la novela lo citaré suprimiendo las intervenciones de los otros interlocutores, y dejando solo la exposición de Arango, quien dice:

¿Y la coñocracia? – Leonor de Aquitania, pobrecita, lubricaba agitada sus labios con la lengua (…) ¿En qué consiste?

Monsalve asegura en el tan mentado Manual de la Mujer Pública que toda la escala de valores de la intelectual (que casi por derecho propio tiene que ser “intelectual de izquierda”, aunque a veces se presentan algunas aberraciones de éstas en la derecha) está regida por un triple proceso. Es el triple proceso de la eme, pero conocido genéricamente como Coñocracia (…)

Este proceso simplemente se limita a designar las tres etapas que es preciso recorrer para que nuestra intelectual se realice en plenitud ante el mundo y su estirpe. Es muy sencillo. Las etapas en mención son las siguientes: primero Meninas, después Mandarinas y, finalmente, Matriarcas; etapas que una vez recorridas nos brindan una idea sobre el papel que juega la intelectual en el mundo actual a la vez que nos ofrecen la confirmación de un Gran Principio (…)

El Gran Principio es tan lacónico y sabio como sencillo. En un específico medio cultural la mujer empieza a abrirse camino con la cabeza, pero termina graduándose repartiendo culo (…)

Primero Meninas. Dícese de las muchachas predestinadas a la carrera de la mente. Se dan a conocer en los últimos años de la secundaria y gozan su edad dorada durante el período de su formación universitaria. Durante esta época sólo viven en función de adquirir algo muy parecido a eso que en los hombres habitualmente se denomina inteligencia. Son muy frías y cerebrales, claro, aunque es bueno advertir que la chica que se inicia en esta carrera tiene que ser verdaderamente brillante, audaz y lo que se dice hermosa, o si no que se tenga de atrás. Pese a lo mentales que estas criaturas suelen ser, de vez en cuando ceden a los llamados de la especie y se horizontalizan pero, eso sí, cuidando de su suerte, pues si ceden lo hacen solo como si se tratara de prodigar un verdadero tormento racional. La Menina constituye, como todos pueden ver, la primera etapa del proceso y la primera afirmación del Gran Principio: empiezan a abrirse camino con la cabeza (…)

Mandarinas. Dícese de ciertas damas (muy contaditas, la verdad sea dicha) que a punto de llegar a la cumbre de sus años coronan su largo paseo por el vecindario con prerrogativas y conquistas que ni siquiera han alcanzado a imaginar la mayoría de los hombres. Es el poder real ejercido con supremo estilo por estas mujeres en campos tan arduos y difíciles como la política y cultura nacionales, la administración pública, la militancia y la docencia. Todas ellas disfrutan de las más altas posiciones, respiran inteligencia y reparten sexo, más esto último que todo lo demás sin entrar en colisión con el resto de sus privilegios. Hay que advertir, sin embargo, que tienen muy mala prensa: sus peores enemigos no son los hombres sino las propias mujeres que las detestan a muerte. De todas formas, esta es la etapa de su absoluto esplendor, aunque a menudo, para sostenerse en el poder, tienen que ceder, con mucho gusto, naturalmente, al imperativo de la segunda parte de nuestro Gran Principio: terminan graduándose repartiendo culo (...)

Si pocas mujeres llegan a Mandarinas, a poquísimas les es dado el privilegio de vivir para contar el cuento. El poder de las Matriarcas de izquierda es del mismo orden que el de la Reina Madre, aunque muchas veces se conserva eficaz y sacralizado: algo así como la manida imagen de la Abeja Reina. Viven gracias a la veneración de las nuevas Meninas, sus nietecitas, y al estímulo de la Mandarinas, sus hijas.

Estamos pues frente a un tipo particular de mujer que críticos como Luz Mary Giraldo han usado como categoría para definir esos puntos de ruptura. Este cambio en la imagen femenina es de gran importancia, puesto que, reconoce ella, los grandes hitos de la literatura colombiana tenían como tema recurrente el orden social del patriarcado: las novelas de Carrasquilla, María, La vorágine, Cien años de soledad. En cambio este giro en Moreno-Durán es resultado, como reconoce Giraldo, de la conciencia histórica sobre las “conquistas de la mujer en el siglo XX”. Tenemos entonces un tema que da testimonio de estas décadas y de los profundos cambios en el orden social, y que dan un aporte que otros autores de la línea de Mutis y García Márquez no habían divisado. 

Pero detengámonos a ver cómo funciona esta imagen de la mujer en la novela. Existe una serie de disímiles personajes femeninos que cumplen con las características expuestas por la teoría de Monsalve. Presentes en la reunión, entre trago y trago, discuten con los hombres dejando ver así en sus opiniones su sistema de valores, pero a la vez reconstruyen su vida rememorando episodios de su pasado que las marcaron y constituyeron como actuales Mandarinas.

Así pues, tenemos el procedimiento narrativo central de la novela: si bien es un escenario de salón, a medida que va pasando la noche, los personajes y el narrador empiezan a reconstruir sus vidas y la historia misma del país. Si estas mujeres se reconocen dentro de un proceso histórico, sus relatos de vida precisamente están sujetos a éste. Es así como asistimos a sus primeros años, a sus clases de filosofía en la Universidad Nacional, a sus primeros pasos en el campo político en los grupos comunistas de la universidad, y posteriormente a la afiliación al Partido, como otras a la vida académica. Cada uno de sus destinos se va reconstruyendo a través de las conversaciones y las intervenciones del narrador, y esa afirmación de “abrirse camino en la vida política, intelectual y cultural del país”, se materializa en sus vidas como las grandes representantes de esta nueva concepción de la mujer.

Otro de los factores principales es la relación de estas mujeres con la sociedad colombiana. No estamos en el primer mundo sino en la “Atenas sudamericana”, en una sociedad patriarcal, mojigata y convencional. Ellas hacen parte de una ruptura a este orden social. A pesar de estar siempre mediadas por el humor y la “mamadera de gallo” como dice alguno de sus personajes, las conversaciones a las que asistimos en este salón de la clase media colombiana constituyen un crudo escenario de lucha entre una mentalidad patriarcal y estas mujeres que quieren abrirse campo. Si bien ya para el momento en que estamos, han ganado su posición, detrás de los comentarios que van y vienen seguimos sintiendo esa tensión, sobretodo en el campo de lo erótico y sexual. 

Y este es otro rasgo importante. Estas mujeres son extremadamente sexuales y cerebrales. Entre las muchas conversaciones de “tocador” que se llevan a cabo, resalta una en el inicio de la segunda parte de la novela, cuando se está hablando de la figura de Paullete, una francesa que representa a la sociedad europea en la cual la mujer ya tiene un papel muy diferente al que se tiene en el tercer mundo. Dicen al respecto de ella:

Qué hembra, tan delicada, tan suavecita, tan etérea, tan -¡detente, Stella!-, sí, tan puta. Pobres sus maridos y amantes, y por lo visto esa racha no iba a tener fin. Su intención era acabar con esa cosa tan fea que se llamaba machismo latinoamericano y la verdad, la gozosa e inocultable verdad, era que estaba a punto de lograrlo.

Pero el rasgo sexual de estas mujeres está ligado a sus capacidades intelectuales, que sirven en conjunto para el propósito de escalar socialmente. En otra de estas conversaciones podemos ver la idea ya planteada por Monsalve pero en boca de las mujeres:

Qué horror. ¿No es cierto que ustedes las mujeres entre más tienen más quieren? Tú, por ejemplo, con ese culo tan fabuloso que dios te dio, ¿para qué quieres inteligencia?

Jorgito, por favor, pues para administrarlo mejor. ¿Para qué más? ¿No ves que es a causa de eso que, según tú, tanto La Niña como Ximena Olmedo nos llevan arrastradas? Claro, como ellas sí saben programar sus posaderas nosotras a su lado no somos más que pobres culitos subdesarrollados, ¿no es eso lo que quieres decir?

De la misma forma en las voces masculinas encontramos rasgos de ese machismo latente, que es siempre abordado con humor e ironía, como en este pasaje:

Así cualquiera entiende al señor Johnson –que nada tiene que ver, enana, con el tipo de los polvos del mismo nombre- cuando con el corazón atravesado por el sopor se lamentaba Oh señor, una mujer filosofando es como un perro caminando sobre sus patas traseras. No lo hace bien pero uno queda sorprendido de lo haga, sea como sea…

Respecto al machismo del que puede ser acusada la novela, y que sale a flote en estas citas, se debe decir que estas declaraciones son dichas por personajes de ficción. Todo lector está en su derecho de odiar y discutir con los personajes dentro del mundo de la ficción, y el autor estará complacido y gratificado de que así sea. De ahí a acusar a Moreno Durán de machista... Bueno, lo cierto es que su obra pone por primera vez en la literatura colombiana la imagen de un tipo de mujer resultado de la década de los sesenta y setenta: mujeres independientes, sin prejuicios sexuales, protagonistas de la esfera pública, en pocas palabras, vencedoras de un patriarcado, al cual sí se habían encargado profusamente de retratar todos los autores anteriores a Moreno Durán. Pensemos en el prototipo de María, de Úrsula, de Alicia. No creo que se le pueda abrir un proceso realmente serio a Moreno Durán al respecto. Y mucho menos cuando todo es tratado en un tono de humor, ironía, sátira. Cualquier dogmatismo siempre se estrellará contra la risa. El mundo está lleno de malentendidos, sin ellos Moreno Durán no se habría divertido tanto en su escritura.

Juan García Ponce, en el prólogo de la edición conmemorativa que de Fémina suite hace Alfaguara, dice al respecto de la Teoría de Monsalve, que ésta:

No es, del todo, una teoría nueva. Se encuentra en los orígenes de la cultura y la civilización y ha sido minuciosamente investigada por Bachofen en el siglo pasado, aunque la moderna sociología rechaza la visión evolucionista que la fundamenta. Lo que con grosera desfachatez y dudoso buen gusto Monsalve llama Coñocracia no es más que lo que con rigor científico se conoce como ginecocracia y no hace más que regresarnos a un estado del mundo en el que el orden vigente es el matriarcado. ¿Puede concebirse un punto de vista más feminista? Nuestras modernas Amazonas tendrían que estar de acuerdo con él. Pero Moreno-Durán, novelista al fin y al cabo, no se molesta en probar en términos teóricos este evolucionismo al revés que nos regresaría al imperio de las diosas telúricas y devoradoras, sino que simplemente –qué fácil decir simplemente ante esta simplicidad- lo pone en acción, quizás sería más justo decir que lo pone en escena, quizás sería todavía más justo decir que nos muestra su juego de las figuras convertido en lenguaje. En la novela hay un obvio “juego de damas”, pero este juego sólo llega hasta nosotros y se impone porque es un juego de palabras…

Sin embargo, estas escenas de salón en donde se reconstruyen las vidas de los diferentes personajes, no sólo retratan unos destinos individuales, sino los de una clase social, y aún más, los de todo un país visto a través de ellos. La novela es profundamente histórica, con un estilo realista tal que además de centrarse en los detalles cotidianos de la fiesta, trata un amplio espectro de la vida social colombiana, sin ningún tipo de mediación fantástica, mágica o mitificante. Antes todo lo contrario, es una reconstrucción muy fiel a estos hechos del pasado colombiano puestos siempre en discusión, por medio de una actitud sarcástica, desencantada, contestataria.


Los hijos del Frente Nacional

¿Realmente se sabe qué pasó con la persecución política de los sesenta y setenta? Toda esta historia está llena de vacíos y ocultaciones. Más allá de los directos implicados, protagonistas, allegados, existen muchos puntos de esta historia que la sociedad en general desconoce. Los trabajos de memoria histórica que puedan tener alcances más amplios se han estado haciendo hasta hace muy poco. De igual manera son episodios que han quedado excluidos de gran parte de nuestra literatura.

El problema con estos modelos literarios establecidos para la época es que resultaron altamente evasivos. A Moreno Durán por el contrario no le interesaba crear mundos alegóricos, sino evaluar, e imprecar directamente los procesos sociales y culturales de la Colombia de su época, como este episodio bastante sombrío e incómodo para el Estado colombiano. Quiere romper así con esa propensión de la tradición colombiana a la idealización y la evasión. En Juego de damas dice:

Lo que pasa es que a este país se lo tiró la fama. Eso de la Atenas Suramericana y de los presidentes gramáticos ha resultado más nocivo para nosotros que la Guerra de los Mil Días, el monocultivo o cualquier otra calamidad por el estilo.

Se podría hablar entonces de dos procesos contrarios. Si una obra como la de García Márquez tiende a la mitificación, por el contrario Moreno Durán tiende a la desmitificación. Dice Luz Mary Giraldo en el ensayo “Juego de damas: el espejo roto y la desmitificación de una imagen”:

Desde esta trilogía (Femina suite) se cuestiona la experiencia de un mundo, parodiándolo hasta llegar a la desmitificación de valores y convenciones tradicionales, penetrándolo hasta desenmascarar las farsas propias de una sociedad normatizada y de una problemática de ser, eminentemente angustiosa y desencantada.

Por eso resulta tan importante considerar el proceso de parodia a la hora de hablar de la revisión de la historia y la política colombiana. En la novela existen muchos discursos que confluyen y se entrecruzan bajo la parodia, el político por ejemplo, está siempre mediado por la sátira. 

Todo esto hace parte de esos procesos de desmitificación que han reconocido diferentes autores, como los que he citado aquí. Pero volvamos al material de desmitificación. Dice Luz Mary Giraldo:

Este epígrafe (el que también he citado más arriba) sintetiza la visión crítica de la narrativa de Moreno-Durán, desde la que podría articularse el deslinde respecto de la obra del Nobel y la ruptura frente a unas convenciones culturales por largo tiempo afianzadas. Sin lugar a dudas, la historia del país está contenida en ese contraste entre la idealización y las situaciones funestas de nuestra realidad. De la Atenas Suramericana el narrador ahonda en sus opuestos, buscando diferentes formas de interpretación.

Ahonda entonces en numerosos hechos históricos que marcarían la época, y entre los que se destacan: el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán y el bogotazo, la proclamación de la República China, la muerte de Stalin, el suicidio de Getulio Vargas en Brasil, la caída del dictador Rojas Pinilla y la creación del Frente Nacional, el triunfo de la revolución cubana, la presidencia de Alberto Lleras Camargo “el transformador”, la muerte de Camilo Torres, la muerte del Che Guevara, la visita del papa Paulo VI a Colombia, el mayo del 68, el triunfo de Allende en Chile, la masacre de estudiantes y obreros en Cali, el recrudecimiento del Estado de Sitio en Colombia, el inicio de la guerra contra la insurgencia y todo lo que implica la persecución política a la izquierda, toda la historia de esta izquierda, las rupturas en las diferentes posturas “trotskistas”, “prochinas”, “prorusas”. Y así aparecen en la novela muchos referentes históricos y personajes centrales de estas intensas décadas que son evaluados con una nueva actitud frente al poder, no el que se regocija estando cerca de él, sino el que lo evalúa críticamente sin ningún tipo de atenuantes. 

Habría que preguntarse qué otro proyecto en Colombia buscó hacer una revisión tan exhaustiva de estos hechos y de los cambios tan grandes que se dieron en la sociedad colombiana. Quisiera centrarme entonces en dos aspectos, los cuales incluyen muchos otros, y están relacionados directamente con los destinos personales de los personajes de la novela. Estos son el Frente Nacional, y la Izquierda colombiana.

Moreno-Duran no sólo es muy crítico frente a la clase política dominante, a sus presidentes y primeras damas, sino también a la izquierda constituida en el contexto del Frente Nacional. Pero también nos cuenta episodios centrales de su historia, y cómo empezó una persecución estatal que hasta hoy no ha cesado, y que una vez creado el Frente Nacional se llamaría la “la lucha contra la insurrección”. Eso nos lleva por supuesto al contexto de la guerra fría, a un ámbito de dinámicas globales. Y eso lo entendió muy bien Moreno Duran. La historia colombiana no es sólo local, como comúnmente se quiere ver, sino que la conciencia de una realidad global ya está arraigada en su visión de mundo.

Podemos ver entonces en la novela el inicio de estas persecuciones, con escenas memorables como la de la Operación Andrómeda, donde se muestra cómo unos miembros fueron engañados por el partido para hacer actos terroristas urbanos y lavarse las manos luego, y su posterior asesinato por parte de la “mano negra del Estado”. Esta es la historia de Sotelo, allegado al círculo de Constanza, la cual es contada fragmentariamente por varios de los personajes. Entre estos dos hechos está la vida clandestina, y sobre todo, un ambiente netamente urbano.

Pero también vemos la otra cara: la del fracaso de los grupos de izquierda. No sólo está la realidad de la persecución estatal, sino las tensiones y dinámicas internas. Esto es visto gracias a las numerosas elipsis que ocurren mientras transcurre la fiesta, remontándose unos años atrás, en la época de los sesenta en la Universidad Nacional y a las primeras militancias políticas de varios de los personajes aquí presentes, ya como una depurada aristocracia de izquierda. Por ejemplo, existe un pasaje bastante largo de una disputa entre las facciones comunistas dentro del campus, llamado “La noche de los cabellos largos”, ocurrida por la disputas personales (en donde había desde líos de falda hasta envidia femenina) entre las mujeres quienes estaban a la cabeza de los grupos “prochinos” y los “prorusos”. Todo termina con una verdadera guerra campal dentro del campus, una disputa ocasionada por un ínfimo incidente en la cafetería central, una situación de ajuste de cuentas entre mujeres. Y así una serie de anécdotas que van y vienen y que termina siendo a la manera de Moreno Durán (siempre con un humor tan libre) una revisión misma de la historia de la izquierda en Colombia, para al final terminar poniendo conclusiones como ésta en la boca de sus personajes:

Tanta mezquina familiaridad no podía ser mera coincidencia: tantas relaciones creadas empezaban a repugnarles porque descubrían poco a poco que si este país, podrido y todo desde hacía tanto tiempo, era explotado apenas por unas cuantas familias sempiternas, la revolución que ellos pretendían hacer era manipulada de igual forma por tres o cuatro güevones, todos iguales, que giraban desde siempre y para siempre en torno a tres o cuatro vulvas bien pensantes: el acabóse.

Se retrata pues el sectarismo y una lucha degradada por el poder que viene acompañado con el fracaso de los destinos personales. A pesar de toda la risa y la burla y el aura carnavalesca de todo este asunto, en el fondo existen profundas tragedias humanas, sobretodo de aquellas mujeres que entregaron su vida a la lucha por figurar y tener poder, y que terminaron arruinando otros aspectos de su vida. Existe una conversación de este tipo en el baño del apartamento. Mientras se nos presenta una parodia de la madona maquillándose frente al espejo, en este espacio aún más intimista, Hilda de Narváez, Alcira y Constanza Gallegos dejan ver cierta amargura por el destino que han tomado sus vidas erráticas.

Así, entre un anecdotario construido fragmentariamente por los diferentes invitados a esta fiesta, el destino de un país y de un grupo social se nos es narrado, con todas sus vicisitudes, con todos sus conflictos, y con una terrible mirada lúcida que da ese tono de la desilusión por los proyectos, ideológicos y personales, que han fracasado, y que llevan a una revisión de conciencia desgarrada y sincera.


¿Y dónde está hoy Moreno Durán?

Con esta rápida revisión de una novela tan rica como lo es Juego de damas, quise resaltar algunas pocas características importantes para la reflexión acerca de la concepción que tenemos de nuestra tradición. Como lo han establecido en sus trabajos varios críticos en las últimas décadas, hay que replantear esa idea que tenemos de un canon nacional, que vaya más allá de poner unos nombres en un manual, sino establecer un diálogo con las diferentes miradas que se han hecho sobre nuestros destinos colectivos.

Así pues, no es que Colombia tenga una tradición literaria pobre, de la que sólo se destaquen unos cuantos nombres. No. La pobreza ha radicado en la construcción de esa tradición. En un país con bastantes realidades incómodas, con una tendencia tan antigua (como la propia nación) de deslinde entre su realidad y la representación de ésta, resulta una prerrogativa seguir perpetuando esta discordancia. García Márquez, Álvaro Mutis, son en verdad grandes escritores, profundamente críticos frente a la sociedad colombiana, pero tenemos ya otra serie de problemáticas que no entran en sus obras por razones históricas. 

Incluso habría que replantearlos a ellos mismos. Cien años de soledad resultó ser bastante nociva para nuestro medio, pero no por sus características intrínsecas, sino por la valoración que hicimos de ella. De igual forma considero que gran parte de su obra, la cual a estas alturas del siglo XXI podría decirnos mucho más que sus trabajos más laureados, ha sido relegada a un segundo plano. Así como lo han sido nuevas escrituras que han querido hacer preguntas incómodas a esta petrificada sociedad, a pesar que el mundo alrededor se ha transformado por completo.

De alguna manera es una labor de desmembramiento la que se ha hecho con García Márquez. Algunos de sus rasgos estéticos se han encumbrado con baluartes nacionales, como la cultura popular, el folclor, cierto “color local”, y todas esas vacuidades culturales que se han proyectado sobre Colombia. Y por otra parte existen rasgos de la obra de García Márquez que siguen generando rechazos y los cuales han quedado por fuera de la imagen que se ha querido proyectar. Está toda la historia de sus filiaciones con la izquierda, de su exilio, de la crítica al abandono estatal y a la violenta guerra que aparece en toda su obra. Son detalles que sencillamente es mejor ignorar, y que muy pocos han entrado a discutir. 

Se ha sacado entonces solo una etiqueta de “realismo mágico” como equivalencia estética a la misma esencia de la vida exótica en esta tierra tercer mundista. García Márquez como el gran escritor oficial no es realmente una voz, sino una imagen, una etiqueta, un mural multicolor que se lleva a las embajadas europeas. A eso se limita el “escritor oficial”. Colombia nunca pudo arraigar en su sociedad la literatura como fuente predominante de construcción simbólica, ya ahora menos podrá serlo en un orden globalizado y mediático. La idea que nos heredó el siglo XIX fue la de literatura como objeto de lujo, más no como un discurso que interroga la sociedad. A esto se puede reducir la discusión sobre un canon oficial, en términos estatales. ¿O habrá alguien que crea sinceramente en las políticas culturales del Estado colombiano?

Así mismo, el mercado editorial en Colombia está muy arraigado en estas concepciones. El “realismo mágico” es algo que se sigue vendiendo muy bien, y más ahora que se ha presentado la oportunidad de la máxima propaganda que puede tener un escritor consagrado: su muerte. La muerte de Mutis, de García Márquez, el nobel de Vargas Llosa, han sido grandes acontecimientos que han llenado las librerías, y las ferias libreras. Y esto en términos de una “literatura seria”, porque si se revisa realmente qué es lo que se vende, cuáles son los best sellers, es decir, todo el corpus de la “literatura comercial”, el panorama es aún más desalentador. Revisar una lista de los más vendidos sirve para darse cuenta del gusto del gran público lector colombiano. Y basta con compararlo para darse cuenta que Moreno-Duran está en una situación aún más precaria que en la década de los setenta u ochenta. 

Eduardo García Aguilar, en una columna de La Patria titulada “El silencio de R.H. Moreno-Durán”, toca el presente de su obra. Dice:

Su tragedia consistió en que el mundo y la vida literaria cambiaron de repente y esas obras magnas, cuidadas, responsables, fueron reemplazadas poco a poco por una literatura frívola y de escándalo, apta para amplios públicos, especialmente el colombiano, que goza con obras vulgares y violentas donde la agresividad, la intolerancia y la escatología nacionales son legión. (…) Moreno-Durán se dio cuenta de que su generación había fracasado en el intento y alcanzó a ver la entronización en Colombia de todos esos best sellers agenciados por las grandes editoriales multinacionales, en especial de la llamada literatura sicaresca, de tetas o de narcos. 

Pero si las políticas estatales y el panorama del mercado editorial nos dan esta desalentadora imagen, hay que decir que por otro lado tenemos el trabajo que han llevado a cabo una serie de intelectuales y críticos, que han repasado y pensado la tradición colombiana con seriedad. He traído solo dos de esos nombres, y me he apoyado en varios de sus puntos para esta exposición. Los trabajos de Luz Mary Giraldo y Gutiérrez Girardot, han planteado una concepción de nuestra tradición realmente crítica, y sobre todo de las últimas décadas, que han sido tan proliferas, de las cuales he tenido la oportunidad de hablar gracias a Moreno-Durán. 

Ellos han llevado a cabo la necesaria tarea de revisar a los que fueron los protagonistas de estos cambios, de esta gran proliferación literaria que se mantiene al margen de un gran público. Son escrituras de las cuales ya nos ha hablado Ángel Rama desde los setenta: con una nueva concepción y postura frente al poder y la sociedad. Estas escrituras están al margen de proyectos nacionales o de estrategias de mercado, han surgido pues en oposición a una lógica de mediocridad cultural, de comodidad frente a unos problemas que siempre se han querido ignorar. Quedarse sólo en un superficial García Márquez que hemos creado no es sólo una muestra de anacronismo, sino una grave complicidad.

Y no es que se pretenda simplemente atacar a un Nobel de Literatura. No intento proponer un modelo maniqueo de nuestra tradición literaria. Si bien las distintas tendencias, caminos, escrituras que existen simultáneamente en un mismo medio se mantienen en tensión constante, esto no quiere decir que se trata solo de confrontaciones, de luchas abiertas entre antagonistas. El proceso es mucho más complejo. El escritor más contestatario puede atacar sin compasión a sus mismos padres. De hecho así es como funciona, ya sea de forma más violenta, o de forma más reverencial. 

El llamado es a hacer una verdadera revisión crítica de esta tradición que tiene nombres tan importantes como el de Moreno Durán en una especie de olvido voluntario. Así pues, es una propuesta en concordancia con aquel gran crítico que dedicó su trabajo sobre Colombia a este objetivo. Con sus palabras abrí este texto, y con sus palabras dichas cerca de su muerte concluyo:

A quienes se enfurecen y enfurecieron por los cuestionamientos críticos a estos ídolos, cabe preguntar ¿si obedecerán a una tendencia de la política cultural y universitaria de Colombia, que consiste en mantener el status quo mediocre, gracias al que reinan, y por tanto condenar todo lo que pueda suscitar una transformación necesaria, para dar a la juventud los medios de su progreso personal y de Colombia, es decir, que el país desarrolle todas sus inmensas riquezas humanas y se ponga en capacidad de dialogar de tú a tú con el complejo mundo contemporáneo?






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