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El gran cronista
Por Marcela Castillo
Profesora, Universidad de Caldas

La muerte de Dios se ha anunciado desde hace tiempo con bombos y platillos, pero nadie parece haber reparado que con la muerte del patriarca también pudo haberse ido el maligno. En esta reseña de una novela de Isaac Bashevis Singer, se nos recuerdan los beneficios de la asesoría del ángel rebelde.

El gran cronista
Ilustración por Reptil

Mucho se ha lamentado la Muerte de Dios pero pocas lágrimas se han derramado sobre la tumba del diablo. ¿Las razones? Pocos son los dispuestos a llorar tal pérdida en público; y para quienes dudan del fratricidio, basta echar una mirada a la narrativa reciente, algunas películas, y los numerosos programas sobre asesinos seriales, para advertir la progresiva desaparición del maligno. Entre las posibles hipótesis –con seguridad inventadas por él-, se afirma que hemos crecido moralmente y que un abismo de maldad tiene fondo en nosotros, por lo tanto, ese anacrónico personaje debe esfumarse de nuestra imaginación, pero sobre todo, de nuestras disculpas.

Es por esto que la breve novela del premio Nobel polaco Isaac Bashevis Singer (1904-1991) se siente como una llamarada refrescante (pero quemante, como toda llamarada) dentro de la literatura actual. Su protagonista es el viejo demonio, que da unas saludables patadas de ahogado en la lejana región de Kreshev, en Ucrania: 

Yo soy el Espíritu del Mal, Satanás, la serpiente primigenia. En los libros de la Cábala me llaman Samael. Los judíos a veces prefieren nombrarme como “Aquél”.

Como bien sabéis, me encanta concertar extraños matrimonios. Disfruto emparejando a un viejo decrépito con una joven, una mujer fea y varias veces viuda con un muchacho imberbe, un tullido con una beldad, un sabio con una tonta, un cantor de sinagoga con una sorda, una persona retraída con otra descarada. Dejad que os cuente la historia de una unión particularmente “interesante” que hace algún tiempo maquiné en Kreshev, un shtetl* situado a orillas del río San, la cual, más que proporcionar a las personas un tema de burla, me ofreció la oportunidad de llevar a cabo una de esas jugarretas mías que hacen perder, en un abrir y cerrar de ojos, no sólo este mundo sino también el venidero.

Así comienza un relato para leer de una sentada, pues la presencia de este ser terrible se siente con fuerza y nos urge saber cómo termina por destruir a todo el pueblo. Por fortuna, el lugar creado por Bashevis jamás ha gozado de la obra de San Agustín: allí el diablo disfruta de una excelente salud y los buenos creyentes acuden a él para excusarse y redimir culpas. Y es que el del  santo de Hipona constituye uno de los mayores y más infructuosos intentos por asesinar a Satán.  El famoso opispo se empeñaba en negar su falta de potencia y elaboró exquisitos argumentos para hacerlo. Mientras tanto, la gente del común abrazaba con firmeza un sensato maniqueismo. 

Pero antes de revisar las evidentes ventajas de achacarle todo al ángel caído, examinemos, a través de la literatura, los muchos otros beneficios que trae: en primer y definitivo lugar, Satán constituye lo que sin humildad llamaré el Gran Cronista, y con ello me refiero a que, como todos sabemos, es difícil notar el momento en que nuestras costumbres se vuelven estúpidas, las aceptamos porque estamos inmersos en ellas y pocos seres tienen la lucidez y el humor para hacernos notarlo. Afirmo que el diablo es este ser privilegiado y por ello sus beneficios a la humanidad nunca serán suficientemente glorificados.

Obsérvese que las grandes historias de occidente, si no tienen por protagonista a este personaje, al menos nos ofrecen una explicación razonable de la maldad, pero su mayor aporte al funcionamiento de nuestra sociedad consiste en ofrecernos un punto de vista externo. En las cartas que Satán dirige a sus hermanos, escritas a través de la posesión a Mark Twain, Luzbel  describe nuestras creencias como ningún cronista humano podría hacerlo: se sorprende, por ejemplo, de la forma en que concebimos el cielo, un lugar en el que pasaremos la eternidad haciendo cosas que en este mundo no aguantamos más de media hora (cantar, tocar arpa y alabar al señor).

El diablo es imparcial: no nos ve con los ojos de un amoroso padre, ni con los de una crítica madre. El arcángel de Twain nos describe con la extrañeza de un cronista extraterrestre, logrando que nuestros hábitos se vean en su plena estulticia. También Singer nos presenta a un agudo observador de nuestra condición, pero su narrador interviene en los asuntos humanos y parece conocer nuestro corazón, e incluso, comprender que no logrará tocar a algunas personas, a la gente común, sobre todo, que suele acabar sus días en paz, porque su misma sencillez los protege de la mala suerte. En cambio, logra actuar con fuerza sobre los que ansían saber, y es en la peligrosa mezcla de inteligencia y pasión como comienza la destrucción del pequeño shtetl, una destrucción llevada a cabo a través del amor, y de la que nunca sabremos si culpar totalmente al demonio, pues en esta empresa emplea uno de sus trucos más complejos, hacernos creer que causamos un bien cuando hacemos el mal.

El relato es protagonizado por la joven Lise, que reúne las más peligrosas cualidades: belleza y afán de conocimiento. Desde niña lee todo lo que cae a sus manos, ante la mirada aterrada de su madre que le augura un futuro de lectora solterona (¿quién querría casarse con una mujer que sabe tanto?) Para colmo Lise fatiga los libros de su casa y sigue con los que le presta el único médico de la región, se entera así de temas vedados a las mujeres, y termina leyendo obras religiosas, escritas exclusivamente para los hombres más cultos de la comunidad. Es su afán de saber lo que la hará presa fácil del demonio, pues a la gente común, dice el narrador, su misma sencillez la protege de la maldad. Aún así él no los desampara, a los campesinos cristianos, les ha inculcado una fe ardiente, la región es sumamente pobre, pero “una aldea de cada dos tiene su iglesia y una casa de cada diez alberga una capilla.” Como vemos el diablo está presente en lo que se considera más sagrado, la fe, e incluso el amor, ésta es la herramienta que usará contra Lise, y que está unida a su búsqueda de sabiduría, así, cuando ella cumple la edad casadera –15 años— su padre le da a elegir entre dos opciones: un joven rico, o uno pobre pero con fama de sabio. Sin dudarlo, elige al segundo, y es allí donde comienza la destrucción de toda la ciudad.

…yo, el Maligno, necesitaba de ese amor tan intenso para llevar a cabo mis planes. De noche, mientras Lise dormía, yo buscaba el espíritu de Shlóimele –su prometido— y lo llevaba junto a ella, y ambos charlaban, se besaban e intercambiaban muestras de amor. De día, los pensamientos de Lise se centraban sólo en él. Ella le hablaba y él le respondía. Ella le abría su corazón y él la consolaba y musitaba las palabras apasionadas que ella ansiaba oír.

Es importante anotar que los jóvenes no se conocían, sin embargo, por acción diabólica Lise no es la misma desde el compromiso: ahora parece sonámbula, y Satanás reconoce que en los días previos a la boda trabajó con ahínco, atormentaba a la muchacha con toda clase de preocupaciones y extraños pensamientos sobre el futuro. Después de la boda se la veía cada vez más pálida y con los ojos más brillantes. Ella y su esposo se encerraban a hablar, leer y jugar, en una complicidad que inquietaba a los demás, ya que su amor se hacía más fuerte y enfermizo. No es necesario pensarlo mucho para intuir que la lujuria tiene un papel en esta historia. Sin embargo, los acontecimientos desatados por el Maligno adquieren vida propia gracias a los defectos humanos, la mayoría de los personajes apelan a su influjo para excusar su faltas, pero Lise decide no hacerlo.

 

*"Shtetl: Pequeña ciudad perteneciente a la nobleza polaca y poblada por judíos cuya vida se centraba alrededor del hogar, la sinagoga y el mercadillo donde se encontraban con los campesinos de los alrededores."

 

Isaac Bashevis Singer, La destrucción de Kreshev. Acantilado, 2007.



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