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Reseña en dos actos: Menón o de la virtud
Por Felipe Cárdenas
Estudiante de filosofía y letras, Universidad de Caldas

Una presentación en dos actos, uno erudito y el otro vulgar, de uno de los diálogos de Platón.

Reseña en dos actos: Menón o de la virtud
Ilustración por Reptil

Si usted es o se acerca al tipo de persona familiarizada someramente con la filosofía, si es un lector avezado, si es ya un iniciado en los intrincados caminos de la razón, por favor, para evitar herir susceptibilidades intelectuales que puedan derivar en una rotunda condena con aires de censura hacia esta reseña, lea el Proemio, continúe con el Primer movimiento y evite leer el Segundo y último de los movimientos. En oposición, si a usted la filosofía no le interesa, si no lee o es un lector eventual, si entre sus preferencias no se encuentra la exploración de los vastos campos de la razón, y con el fin de que no pierda interés en este escrito, por favor, lea el Proemio y continúe con el Segundo movimiento; evite la lectura del Primer movimiento, pues corre el riesgo de caer en un profundo sueño que le impediría llegar hasta el Segundo movimiento, en el que podría hallar algo que usted entendería y que, además, es posible que termine siendo de su interés.

 

Proemio

¿Es enseñable la virtud? ¿Se aprende la virtud? ¿Es innata la virtud? ¿Es una ciencia la virtud? ¿Una virtud? ¿La virtud? ¿Las virtudes? ¿Virtud?


Primer movimiento, para versados

(Nota al lector lego: Entiéndase esto como un escrito ‘académico’).

Usted: un intelectual, un entusiasta de la filosofía, un sediento de conocimientos, una masa que vibra con la magia de las palabras, un ser abocado hacia el pensamiento, un humano con irrefrenable inquietud por las peripecias de la razón, un ratón de biblioteca, un muerto. A usted, que probablemente ya ha releído la obra platónica, dirijo mi palabra.

Indagar sobre los fundamentos de los conceptos sobre los cuales se erige sistema de pensamiento alguno: placer que, en sí mismo, representa ya una excusa de sensatez hedonista para volver sobre las páginas de los diálogos perpetrados en la historia de la filosofía gracias a la escritura de Platón (Me refiero, como es evidente, a la malinterpretación que ha convertido al hedonismo en una herramienta de absolución para los “vividores del momento”, ignorando así la interpretación según la cual esta corriente filosófica debe tomarse como una búsqueda de la forma de vida que pueda derivar en un gran placer a largo plazo).

El Menón sobresale de entre estos textos por diversas características, de las cuales enunciaré tres, a saber: i) en su parte formal, por ser el más corto de los diálogos en los que interviene Sócrates; ii) en la simbiosis entre forma y fondo, por reunir con magistral manera –por tratarse de un texto de tan corta extensión– los dos recursos metodológicos que, para conseguir sus propósitos, empleaba. Son estos, como es conocido, (a) la ironía para demostrar a quienes se ufanaban de sapiencia que en realidad sus conocimientos no se basaban sino en vigas de arena que no resistían la más mínima tempestad argumental, y (b) la mayéutica, para ‘hacer parir verdades a los hombres’ apelando únicamente a su sentido común; iii) en su contenido, por la primacía que tiene la discusión sobre la virtud y sus formas de enseñanza y aprendizaje.

Metaforizando el propósito de Sócrates en este diálogo, su lectura estaría justificada en el acto de volver a las raíces de los sistemas de pensamiento que han dirigido los destinos de occidente. Con seguridad, en este retorno a los cimientos de nuestra cultura usted se topará no sólo con preguntas por fortuna irresolutas y gracias a las cuales han sido derramados océanos de tinta, tales como ¿qué es la virtud?, ¿qué puede ser enseñado?, ¿qué papel debe desempeñar el ejemplo en la enseñanza?; sino con respuestas parciales a esos interrogantes que, de haber sido consideradas por quienes han querido dirigir –y, con ello, modificar– el destino de la humanidad, sus intentos por perfeccionar la convivencia entre los hombres probablemente no hubieran tenido resultados tan adversos.

“Insensato” sería pues el mote de quien acusare a Sócrates de dar a luz una forma de pensar aparentemente inofensiva, incluso fértil, pero responsable de grandes monstruos teóricos cuya fuerza ha sido suficiente para segar cantidades ingentes de vidas, logrando así agigantar el mal que se proponía solucionar. Pues si tan solo el Menón hubiese sido objeto de una lectura reflexiva en los albores de la Ilustración (por citar uno de tantos ejemplos), podría haberse advertido a tiempo que el modelo educativo –siendo eso, en el fondo, la concepción de la naturaleza del hombre– con el cual se pretendía contener la bestialidad inherentemente humana, era insuficiente para tal propósito.

Descubrir que los males de la humanidad, en términos generales, han sido los mismos desde hace más de dos mil quinientos años y que, desde ese mismo tiempo, han sido desechadas por insuficientes e inútiles las bases de todos los remedios que hemos utilizado desde entonces hasta hoy en materia educativa para curar dichos males: he ahí un buen pretexto para releer con detenimiento las añejas páginas del Menón.

Segundo movimiento, para legos

(Nota al lector versado: Entiéndase esto, en general, como un escrito ‘antiacadémico’ y, en particular, como una caricaturización –si se quiere, vulgarización– de Sócrates y, con ello, de la filosofía).

Usted: una persona común, un desentendido de los temas de la filosofía, un vago, un reciclador, un acumulador de experiencias, un hombre que mucho vive y poco piensa, un ignorante, un ser humano. A usted, que quizás de un tal Sócrates haya escuchado hablar por lo menos una vez en su vida; a usted hablo ahora.

Es probable que no me lo crea, pero ese tal Sócrates del que tanto se habla en colegios y universidades, ese del que en facultades de filosofía se construyen altares en los que a diario se congregan grandes cantidades de estudiantes para elevar cánticos, vivas y padre nuestros, se veía como un camionero cundiboyacense: feo, barrigón, caripeludo y desgualetado. Era, además, un viejo borracho y un bisexual practicante. Pero tenga cuidado, pues aunque no es ese el motivo de la adoración que se le profesa, no es este del todo lejano a lo que podría ser el gremio de los camioneros, de los indigentes, de los políticos o de los filósofos. Así pues, aunque esto pueda resultarle ridículo en principio, ese tal Sócrates es ampliamente conocido por una frase cuya traducción más fiel del griego clásico sería: “Sólo sé que no se nada”. Adelante: indígnese, desconciértese; pero, de nuevo, vaya con cautela, pues aunque esa es una gran parte de lo que constituye el valor que después de transcurridos más de veinte siglos sigue teniendo Sócrates, no he hecho mención del factor que le daría su justificada relevancia. Así, tal y como debe estar desconcertado usted por saber que uno de los filósofos más recordados de todos los tiempos alcanza su fama afirmando que es un ignorante, lo que le otorga particularidad a este personaje es que supo desconcertarse e indignarse, pero no con quienes se decían ignorantes sino, precisamente, con los que se creían poseedores de la verdad. Con quienes consideraban la ignorancia como un mal lejano a ellos. Si con esto que digo no encuentra aún respuesta satisfactoria a la pregunta por la grandeza histórica de Sócrates, diríjase a la biblioteca más cercana o a un puesto de dulces cercano a un juzgado y pregunte por un libro titulado “La apología de Sócrates”, escrito por Platón. Anímese, no tiene nada por perder: es una obra de primordial importancia en toda la historia de la filosofía, está escrita en un lenguaje comprensible, no tiene más de cuarenta páginas y no vale más de dos mil quinientos pesos.

Siguiendo con este retrato de Sócrates, hay que decir que no era éste un desconcertado pasivo. Se interesaba por indagar por la sabiduría de los sabios, para mostrar que en el fondo no había nada. Esto lo lleva a tener largas conversaciones con los supuestos sabios, en las que utilizando una acentuada ironía y la contraposición de preguntas y metáforas, logra hacerle ver a esos personajes que en realidad es muy poco lo que saben. Deténgase un momento y responda la siguiente pregunta: ¿En qué nivel de estima tendría usted a alguien que se empeñara no sólo en demostrar lo poco que usted sabe sobre la ocupación de su interés, sino que hiciera lo mismo con cuanta persona dialogara? La respuesta mayoritaria es evidente: sería tomado por un provocador y buscapleitos, por un fastidioso. Fue esa precisamente una de las razones por las cuales, en la Grecia antigua, Sócrates se ganó el desprecio de una gran cantidad de personas. Tal desprecio derivó en la condena a muerte que, enfrentada con valentía, dio fin a la vida de ese personaje incómodo.

Pero dejando a un lado el tema de la muerte, la vida y, con mayor precisión, la búsqueda de la mejor forma de encausarla, fue uno de los temas que más interesó a Sócrates. Una muestra de esto puede ser vista en el diálogo Menón o de la virtud. En ese texto, escrito por Platón, encontramos a Sócrates satisfaciendo uno de sus mayores placeres: la discusión. El tema que lo motiva a discutir en el diálogo mencionado es la virtud, que, para no complicar las cosas, se puede entender como bondad.

Seré condescendiente: es cierto que la filosofía suele ocuparse de temas que sólo los especialistas pueden entender (o que ni ellos entienden), siendo esa una de las principales causas de la reticencia y el desprecio con los que la gente poco familiarizada con el tema reacciona cuando se habla sobre este, como Mafalda con la sopa. Pero, tal vez para su sorpresa, la filosofía también se ocupa de cosas cotidianas y que tienen que ver con la vida de todo ser humano. En el Menón (texto sobre el cual versa este escrito), usted podrá encontrar una muestra de ello.

Si usted quiere, pues, tomarse un momento para saber qué tiene para decir sobre la bondad –sobre su definición, la forma de aprenderla, la forma de enseñarla, sus límites, sus componentes y algunas otras extensiones del mismo tema­– un sabio que ha sobrevivido a más de dos mil quinientos años de historia –más que el mismo Jesús–, no dude en leer el Menón. Si aún no logro convencerlo de leer ese texto, le advierto: el Menón es el escrito más corto de Platón en el que aparece Sócrates haciendo una muestra precisa de todas sus habilidades oratorias, así que, si se queda sin leerlo, lo más probable es que nunca pueda conocer a ese gran personaje. En ese caso, le dejo dos frases para que fundamente su elección de no leer el texto mencionado, es decir, para que no dude sobre su virtuosismo, para que se autocomplazca: La primera, de un filósofo suicida que se aferró a la vida únicamente por la fascinación que le generaban la idea de la muerte y la amargura de la existencia, quien murió de vejez, de nombre Émile Cioran, que no necesita explicaciones: “¿Para qué releer a Platón cuando un saxofón puede hacernos entrever igualmente otro mundo?”. La segunda, de Nicholas Payton, trompetista de jazz que ante la pregunta por la definición de la música que tocaba respondió así, procediendo de forma abismalmente opuesta a la utilizada por Sócrates: “Cuando de verdad estás creando no tienes tiempo para pensar en el nombre de lo que estás haciendo. ¿Quién piensa en cómo le va a poner al bebé mientras folla?”.



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