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Sakiamuni: la tragedia del ventrílocuo
Por Mauricio Garay Quiñonez
Estudiante de filosofía y letras, Universidad de Caldas

Un tratado perdido de Aristóteles en el que se cifran los secretos del arte de la ventriloquia y, de paso, del universo. Un monje que educa a un vagabundo en esos misterios. Un cuento de Mauricio Garay.

Sakiamuni: la tragedia del ventrílocuo
Ilustración por Juliana Soto

I

Escribo estas palabras mientras mezo levemente la hamaca de mi recién nacido bebé. Soy hija del  monje ventrílocuo que renunció  al mundo y se internó en las cuevas solitarias del desierto. Me llamo Hortensia y mi padre fue el eremita Felisberto de san Francisco.

Escribo estas palabras bajo el ostentoso título de “la tragedia del ventrílocuo” impulsada por una necesidad inexorable: el siniestro acontecimiento que viví ayer en mi visita semanal al psiquiátrico en donde se encuentra recluido Raúl; el discípulo de mi padre y el padre de este niño que grita mientras soy la médium de estas palabras.

Raúl lleva meses sin pronunciar palabra. Se encuentra ensimismado, ido, parece un autómata. Ayer mientras le arreglaba un calcetín pasó por mi cabeza la idea de ponerle el calcetín en la mano. Después de dudarlo un instante le metí la mano izquierda en el calcetín y Raúl lentamente se fue transformando, hasta mover su mano como escarbándole palabras al improvisado títere, hasta que ambos rompieron aquel pesado silencio. Raúl le prestó brevemente la acústica de su garganta al calcetín para pronunciar estos versos:

¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¡Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne¡ ¡Morir…, dormir! ¡Dormir…! ¡Tal vez soñar!

Dicho esto se lo quitó y me lo arrojó a la cara y se hundió otra vez en su letargo.

II

El papá de Raúl fue un payaso dueño de un circo ambulante llamado "La carreta de Tespis" y su madre fue Lola Caeiro, una genial malabarista y clarinetista.

Lola Caeiro fue maltratada por su marido alcohólico y forzada a un parto prematuro en el que murió ella, pero no el pequeño Raúl Malemba quien fue criado por la contorsionista del grupo, quien era también amante del padre de Raúl. Este hombre era un cómico y tierno payaso que detrás de bastidores se mostraba como un ogro despreciable, un borracho adicto al humo y las apuestas. Por todo pueblo que pasaba la compañía ambulante, Malemba causaba problemas metiéndose en líos y dejando enemigos por todos los caminos.

Uno de estos enemigos irrumpió en un espectáculo que ofrecían y, cobrándole una antigua deuda al payaso, le dio dos balazos en la cabeza. Este fue el final de la compañía ambulante "La carreta de Tespis" y Raúl quedó en un orfanato hasta cumplir 18 años.

Luego Raúl vivió varios años en la calle dedicado a la mendicidad, el engaño, el robo y los licores baratos, cosa que lo mantenía en la cárcel o huyendo e incluso al borde de la muerte. Estaba solo, abandonado.

Cierto día mi padre me envió una carta diciéndome que en la plaza del pueblo me encontraría con un sujeto. Y fue así como fui a la plaza y encontré a Raúl, quien acababa de ser apuñalado en una riña, y al tiempo que me le presentaba, me prestaba a auxuliarlo. Luego de unos días Raúl y yo estábamos en la cavernas del desierto de la Guajira donde él sería iniciado en los misterios de la ventriloquia.

III

Felisberto era un beduino errante, un faquir, un ermitaño que logró renunciar a sí mismo suspendiendo su voluntad para así participar de la expansión divina. Antes de renunciar al mundo fue un licencioso dramaturgo y dirigió una escuela de títeres famosa por su humor pesimista, pero la cosa es que se negó a sí mismo y se internó en el desierto.

Me encargó que trajera a Raúl debido a que una noche Lola Caeiro lo visitó mediante un sueño y le imploró que salvara a Raúl del vicio que lo hundía en el asfalto.

Lola y Felisberto se habían conocido en un festival de teatro que tuvo lugar en México. Ahí participaron de un ritual con peyote orientado por la sabia María Sabina. Luego de una entretenida conversación cada quien tomó su rumbo no sin antes jurarse recordar esta amistad.

Fue esta amistad lo que el monje recordó gracias al sueño y por eso decidió iniciar a Raúl en el arte de la ventriloquia. Felisberto reconoció en la mirada perdida de Raúl la genialidad de su madre Lola Caeiro y le contó alegremente el motivo por el que había decidido traerlo hasta ese árido lugar.

El monje no le dijo nada más. Lo dejó relacionarse con el lugar unos días y al tercer día lo llamó y con su voz terrosa le dijo:

Raúl, le he prometido a tu madre iniciarte en los misterios de la voz y el silencio. Es decir, seré el guía en tu reeducación ortofónica. Durante el tiempo de tu gestación sonora tu comida será frugal pero suficiente. Esta es la ley del desierto.

La primera parte del proceso de tu gestación sonora tiene tres momentos.

Primero, la etapa de la llamada sobreproducción vocal. Es decir, la liberación del torrente inconsciente de tu voz. Serás el espejo de todo lo que vean tus ojos y tu mente. Lo describirás todo sin parar. Serás poseído por tu propia voz hasta que la escuches como algo ajeno a ti.

Esto tiene como fin eliminar el silencio hasta que te asquees de tu voz. Este indetenible caos sonoro logrará vaciar tu voz, te desprenderás de ella y luego entrarás en un largo silencio que constituye el segundo momento de tu reeducación ortofónica. Te desprenderás de tu identidad vocal, desaparecerá el timbre de tu voz y serás poseído por un intenso silencio. Comprenderás que el silencio es el templo de la diosa Waleker, la araña que teje estos desiertos. Te arrojarás a su telaraña para entender que el silencio es una cualidad divina y que el ruido es solo una distracción. Le ofrendarás tu voz a la gran diosa Waleker.

El tercer momento de tu reeducación iniciará cuando la sílaba cósmica "Om" irrumpa en tu silencio, haciendo vibrar tu garganta de igual forma que vibra la gran telaraña del universo.

Raúl quedó como hipnotizado ante estas palabras. El desconcierto trazaba líneas en su rostro. Estaba asustado ante las locas ideas de este monje, pero sabía que ya había aceptado someterse a este régimen. Estaba aburrido de vagar por las calles y quería centrarse en un  proyecto que le hiciera olvidar las angustias de su soledad. 

Por fin pudo preguntarle al monje Felisberto:

–Si disculpa mi necedad quisiera saber la fuente de estas palabras. Si no es un irrespeto de mi parte desearía saber dónde aprendió todo eso que me está diciendo.

El maestro Felisberto, luego de beber un sorbo de agua, le respondió:

–En la poética de Aristóteles hubo un capítulo dedicado al arte de Eurycles, llamado "La metafísica del ventrílocuo". Eurycles fue un ateniense que se inició en la India, en el arte de la ventriloquia. Debido a la estética pagana contenida en este libro la iglesia católica decidió arrancar esta parte de la poética y quemarla. Así desapareció, pero has de saber que hubo una secta llamada "Los Eurycleides" quienes conservan en su memoria este libro prohibido.

Muchos de los integrantes de esta secta mendicante fueron condenados a la hoguera, pero la sabiduría de aquel libro aún vive oculta en la memoria de unos pocos iniciados. Yo soy uno de esos pocos y tú serás mi discípulo.

IV

La reeducación inició con la superproducción sonora en la que Raúl describía inconteniblemente todo lo que estuviera frente a sus ojos y todo lo que pasaba por su cabeza. Era un espejo obligado a reflejar todo cuanto pasara frente a él. Felisberto le había dicho que el fin de esto era que se asqueara de su propia voz. Para ello debía desconocer el silencio, liberar el torrente inconsciente, decir por decir, decir incoherencias o solo sílabas; lo importante era no callar.

Esto duró 16 días. Desde el día 8 Raúl empezó a sentir tanto asco por su voz que lloraba mientras la voz describía el recorrido de las lágrimas por sus mejillas.

El día 16 cayó desmayado y despertó a la mañana siguiente en la cueva de Felisberto. Él le explicó que al  vaciarse de voz  iniciaba el segundo momento de su reeducación.

Ya se había desprendido de su identidad sonora, abandonó su propia voz y estaba poseído por el silencio del desierto. Fueron dos meses durante los que se olvidó de su voz y sintió por momentos la desnudez del tiempo. Le ofrendó su voz a la diosa araña del desierto y así participó del esplendor cósmico sumergiéndose en océanos de silencio y luchando contra su voz inmaterial, quitándole la máscara a su voluntad para expandir sus universos interiores. El silencio fecundó su cuerpo  y en su garganta floreció la silaba sagrada como golpe de tambor. Fue así como después de seis días de silencio Raúl fue poseído por el primitivo fonema  y empezó a vibrar con el universo mientras decía Om…

A los días llegó Felisberto y con voz arenosa le dijo:

–Después de haber extinguido tu voz mediante la automutilación vocal, sentirás la reincorporación de la voz cuando florezca en tu garganta el fonema sagrado que te hará sintonizar con el cosmos.

Ahora siente el placer de pronunciar la gran silaba: Om. Repítela y chúpala como un bebé hambriento chupa el pezón fértil de la madre eterna. Om. Om.  Noventa días estuvo Raúl pronunciando esta silaba hipnótica. Mientras más emitía este sonido cósmico más se borraban los contornos y límites de su falsa individualidad, suspendiendo el aparente fluir del tiempo y aquietando la tiranía de su voluntad. Bajo la narcótica pronunciación de este fonema se manifestaba en su cuerpo la imperecedera energía que circulaba por los múltiples universos. Om. Om. Raúl logró olvidarse de su propio "yo" y sentir el perpetuo devenir del infinito.

Y así, luego de seis meses, Raúl terminó la primera parte de la reeducación de su aparato ortofónico.

Una noche llegó el eremita con un muñeco hecho de conchas de maíz y relleno de aserrín. Era un títere con un sombrío aspecto que le daba su lúgubre fisonomía: resaltaban en él unos grandes ojos y una boca risueña. Tenía una gorra roja y unos llamativos zapatos verdes. Era tan pequeño como un bebé; tenía alrededor de medio metro de altura. Su tenso rostro conservaba cierto inusitado aspecto; era extraño, enigmático y por momentos parecía como si parpadeara ampliando su tétrica sonrisa que le confería cierta carga siniestra.

El monje Felisberto le dijo a Raúl:

–El siguiente paso es peligroso pero definitivo en tu iniciación: definitivo porque recibes tu muñeco de ventrílocuo luego de una preparación espiritual que se basó en la renuncia física y el sometimiento del cuerpo. La peligrosidad de tu iniciación radica en el irreversible autoborrado que causa el contacto con lo divino.

Este muñeco será tu guía y tú seras su mero armazón acústico. Pero deberás primero buscarle, pacientemente, la voz que lo defina y entretenga como caramelo. Tu deber será repetir la sílaba sagrada hasta que brote su propia voz. Deberás olvidarte de ti mismo, vaciarte intensamente para que su voz irrumpa llenando tu conciencia.

Dejarás de ser para que nazca en ti la semilla de su voz y entonces serás su sirviente. Entiéndelo bien, serás su esclavo incondicional. Comprende bien que uno de los eternos secretos de la ventriloquia es que ésta se perfecciona borrando radicalmente los límites de la propia individualidad. Cuando brote su voz renunciarás a ti mismo y te convertirás en su esclavo ilimitado; tú serás el bajo y él la melodía dominante. De este muñeco de maíz nacerá tu amo ilimitado; tú serás su templo y él será el dios absoluto que nacerá en el desierto. Este títere será tu amo y tú tan sólo serás su armazón, su sostén material. Tendrás que llevártelo a lo profundo del desierto hasta que él te ordene volver y sólo entonces volverás.

El horror se estaba apoderando de Raúl y cuando Felisberto detuvo sus palabras, un sollozo estalló en el pecho del discípulo quien empezó a temblar como ante una gélida brisa; su fuerza se deshizo en lágrimas infantiles y cayó al suelo víctima del espanto que le causaron las siniestras palabras de su maestro. El monje se llenó de ira ante la flaqueza de su discípulo y le pegó varios bastonazos diciendo:

–¡Sé digno de la grandeza de los misterios de Eurycles! No temas a los dolores de parto, no seas cobarde. Detén el círculo vicioso de tu voluntad, bórrate, elimina el dolor que nace de tu falsa individualidad y suspende la tiranía del deseo. Sé digno del poder destructivo de los axiomas de la ventriloquia. Bórrate, renuncia a ti, vacíate y así crearas el ambiente idóneo para que surja la voz del muñeco, tu amo, al que luego le pondrás nombre.

Cuando Raúl, poniéndose de pie, recuperó sus fuerzas, su maestro le hizo repetir diez veces estos versos:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

Mientras Raúl repetía hipnóticamente estas palabras encantadas el eremita las pronunciaba en sánscrito y las entonaba como una melodía tántrica.

V

Los gritos de la hamaca me impiden dar detalles de los siguientes nueve meses que duró la parte final de la reeducación ortofoníca de Raúl según lo estipulaban los sagrados dogmas de la secta de Los Eurycleides: todo este tiempo esperando que el muñeco adquiriera una voz propia que resonara libremente en la garganta de Raúl.

En esos  nueve meses la comida fue precaria pero su alma se alimentaba con las vibraciones de la sílaba Om que pronunciaba sin interrupción durante semanas enteras. Sólo a veces Raúl detenía su sintonización etérea para apretar su propio cuello y suplicarle al muñeco que le arrancara palabras a la garganta que fielmente había preparado para ofrendarle:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

Raúl ya le había escogido nombre a su títere y sabía que cuando brotara su voz le diría con sumisión: mande amo Sakiamuni. Soy Raúl, su eterno esclavo, su andamiaje.

 Pasaba el tiempo y Raúl esperaba la flor sonora de Sakiamuni. Estaba ansioso de que naciera su amo. Ya había eliminado su propio yo, se había despersonalizado para fertilizar el cuerpo superando la tiranía del querer para que la voz de su amo lo llamara imperante.

Mientras pronunciaba la sublime sílaba recordaba las lecciones del eremita sobre lo relacionado con la facultad humana de emitir voz. Recordaba lo dicho por el monje sobre la laringe, postura de la lengua, glotis, todo lo necesario para dominar el sistema fónico-laríngeo y todos los axiomas esotéricos sobre el control del esternocleidomastoideo, el músculo de la voz. Por su mente pasaba el verso que Felisberto repetía continuamente en sánscrito: la voz es la carne de la idea. Por momentos deshacía sus pensamientos y repetía con voz de trueno:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

No atiborraré páginas en descripciones secundarias ni en detalles que nos distraigan del asunto central. Solo les diré que Raúl llevaba al muñeco en su brazo izquierdo.

Había adquirido los medios estéticos para dominar el arte de Eurycles, es decir, había suspendido su ego logrando aquietar el movimiento pendular de su voluntad y se había borrado completamente para entregarle su cuerpo a su amo-muñeco Sakiamuni. Había llegado a las doradas puertas del nirvana pero aún Sakiamuni no se había manifestado mediante palabras que surgieran por sí solas, sin mediación de Raúl, subiendo hasta sus labios, violando todas las leyes de la fonética hasta pronunciarse a sí mismas. Así debía surgir la voz de Sakiamuni, el muñeco de maíz que nacería como amo. Cierta tarde Raúl le imploró a Sakiamuni:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

Raúl pronunció este mantra diez veces, luego continuó pronunciado el sublime fonema tres días sin detenerse siquiera para tomar agua. Al cuarto día resonó en su garganta una tos rara, obsesiva, asfixiante. La tos no cesaba y parecía desgarrar su garganta que por momentos parecía llena de arena. Raúl salió corriendo a buscar algo de beber. No encontró nada.

Desesperado, arrancó un pequeño cactus que estaba a la orilla del arroyuelo seco. Lo comió. Luego cesaron sus dolores en la garganta y cayó desmayado y convulsionando: fue víctima de delirios oníricos y alucinaciones. Tuvo un extraño sueño donde caminaba por un desierto lleno espejos y cristales rotos. Tenía los labios heridos y su saliva ardía como magma. Intentó beber agua de un vaso pero su lengua fue herida por los cristales.

Raúl salió corriendo pero lo detuvo una carcajada que brotó de su propio cuerpo y luego la lengua se le desprendió del cuerpo elevándose hasta el cielo donde escribió en unas nubes oscuras:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

Luego su lengua velozmente descendió del cielo y se le clavó en el pecho, brotándole ahí un viscoso líquido azul. Raúl se despertó al escuchar una voz que repetía solemnemente:

¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¡Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne!

¡Morir…, dormir! ¡Dormir…! ¡Tal vez soñar!

Intentó limpiar su rostro con el dorso de su mano izquierda pero ésta no respondió a su orden. Entonces lo intentó con la derecha y pudo limpiar la arena que tenía en sus ojos. Al abrirlos vio cómo Sakiamuni sacudía la arena de su sombrero rojo. Raúl quedo atónito mientras el muñeco repetía esas palabras que brotaban sin su mediación:

¡Ser o no ser: he aquí el problema! ¡Morir…, dormir; no más! ¡Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne¡

¡Morir…, dormir! ¡Dormir…! ¡Tal vez soñar!

Por fin su amo había despertado pero aún no le dirigía a su esclavo palabra alguna. Luego de dejar a un lado su asombro Raúl le dijo a Sakiamuni:

Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Yo me sustraigo para darle vida a lo que habita en las mazmorras de mi conciencia. ¡Haz que me olvide de mí! Bórrame para que tus palabras florezcan y resuenen en esta garganta que ya no es mía.

Al escuchar estas palabras Sakiamuni le dijo con enojo:

–Cállate por dios. Deja ya de decir bobadas. Tus palabras son como un zumbido de moscas para mis oídos. No me molestes con oraciones y cállate de una vez esclavo inservible.

Raúl se llenó de ira y asombro ante la arrogancia que manifestaba su recién despertado títere y le preguntó:

–¿Fue que a este muñeco feo no le enseñaron modales?

–No me digas muñeco, esclavo bruto. Mi nombre es Sakiamuni y soy tu amo supremo.

–¿Mi amo? Pero si tan sólo eres un muñeco relleno de aserrín. No me hagas reír.

–Ya te lo dije, idiota inservible. ¡No me digas muñeco! Mi nombre es Sakiamuni y en mi están los secretos de la creación. Yo he matado a dios y lo tengo en el infierno crucificado en miles de cruces de fuego. Tú sólo eres mi sostén, mi andamiaje sonoro, mi esclavo eterno. Inclínate y obedece. Yo soy la melodía y tú eres el bajo. Yo soy todo. Y no me vuelvas a decir muñeco o te hago tragar la lengua, imbécil. Recuerda el sagrado axioma de Eurycles: tú no eres nada y yo soy todo. Ya no existes, tu vida me pertenece. Sólo eres la plataforma que me presta la voz. No eres más que mi plataforma sonora. Cállate ya para siempre. No eres nada. Yo soy todo.

–Perdona Sakiamuni, amo mío. Me inclino ante ti como un esclavo vacío, como el bastón que te sostiene. Yo me he borrado para que utilices mi carne. Yo no soy nada. Nunca he sido nada. Tan sólo soy tu andamiaje sonoro.

–Sí. Sí. Tienes razón pero ya cállate que no he venido de la nada absoluta sólo para escucharte decir pendejadas. Ya cállate de una vez que me molestas como diarrea divina. Dios debe alegrarse de no existir y no ver tu cara de idiota y escuchar la mierda que dice tu puta boca. Ya cállate basura metafísica caída del culo de algún dios sifilítico.

–Sí, amo Sakiamuni; yo no soy nada y tú lo eres todo: me borro ante tu sublime presencia.

–Cállate ya grandísimo hijodeputa o te arrancó la lengua y te la meto por el culo.

Al escuchar estas palabras Raúl quedó ensimismado, abstraído, y el muñeco se reía con violentas carcajadas y le ordenaba a Raúl darse puños con el brazo derecho:

–Vamos, inservible, golpéate, mátate, ahórrale al mundo tu absurda existencia y devuélveme al inescrutable reino de las sombras de donde nunca debiste sacarme.

–Sí, mi amo Sakiamuni. Te obedezco. Me destruyo pues nada soy y nada valgo. Sólo soy tu andamiaje sonoro.

–Sí, Sí, pero ya cállate y mátate, ¡basura de mierda!

Esto decía Raúl mientras golpeaba ferozmente su rostro, flagelándose y cumpliendo la orden del siniestro títere. Las sangre manaba por su fosas nasales, sus ojos estaban hinchados y sus labios deshilachados, mientras Sakiamuni se reía y blasfemaba contra la creación.

–Ja ja ja. Autodestrúyete, idiota ignorante. Jamás entenderás que dios es un títere relleno con basura cósmica y que el diablo es un titiritero que no sabe que es una marioneta que duerme y sueña con controlar el mundo y así hasta el infinito: titiritero sobre titiritero. Sueño sobre sueño. Títere sobre títere. Y todos creen que juegan con una marioneta porque desconocen las fuerzas ocultas que determinan sus propios movimientos. Así todos somos muñecos y todos somos también el ventrílocuo. No somos nada. Sólo máscaras sobre máscaras sobre máscaras. Títere sobre títere. Titiritero sobre titiritero. Sueño sobre sueño. Todos somos vacíos muñecos que soñamos; morir es convertirte en titiritero. Morir es despertar, cortar las cadenas que unen al títere con quien lo controla con sevicia y crueldad. Esta es la gran verdad del universo: no somos nada, sólo soñamos. Sólo somos ecos de sombras. Soñamos desde las honduras de la nada. Sólo somos las máscaras con que juega el vacío; no somos nada, no hay nada. Sólo soñamos para olvidar que somos la marioneta de un dios indigesto. Y tú te arrepentirás de haberme traído de los infinitos infiernos de la nada. Escucha bien, basura humana: no debiste sacarme del hogar infinito de la nada.

Todo esto decía aquel malvado muñeco de maíz. Estaba inconforme con el hecho de que lo haya traído de la infinitud a esta existencia. No aceptaba el haber despertado de su sueño y antes de volver quería vengarse de las personas que lo trajeron a esta falsa vida. Mientras Sakiamuni blasfemaba, Raúl perdía lentamente la conciencia producto de las heridas que se causaba obedeciendo las órdenes. El muñeco acrecentó su ira y, aumentando también el tono activo de su voz, le dijo:

–Despierta idiota. No te entregues al sueño final. Antes quiero que lleves a cabo mi voluntad.

–Como ordenes, amo. Tú eres todo y yo soy nada. Yo me borré para darte vida con el andamiaje de mi cuerpo.

–Ya cállate, máscara ignorante. Quiero que cumplas mis deseos. Vayamos a la cueva de ese monje loco. Quiero meter mi pinga en la belleza de su puta hija. Vamos allá y viólala que tengo deseos de fresca carne femenina, levántate y obedece, basura humana. ¡Quiero carne virgen antes de volver al infierno!

–Como ordenes, amo. Yo soy nada y tú lo eres todo. Yo me borro para darte vida con el andamiaje de mi cuerpo.

–Sí, sí, pero cállate y deja de ser tú para que andes al ritmo de mis palabras.

Y así fue como llegaron a la cueva donde yo estaba preparando las medicinas de mi padre, quien había estado ayunando al otro lado de los riscos.

Raúl llegó y me golpeó hasta desmayarme, luego profanó cada rincón de mi cuerpo y cuando disfrutaba de su lascivia y de mi dolor, Sakiamuni sintió lo pasos lentos de mi padre y tomó una gran piedra y lo golpeó varias veces en la cabeza hasta dejarlo casi sin vida. Una sonrisa irónica sacudió el rostro moribundo de mi padre y mientras Raúl le partía los huesos de las piernas, el malvado títere decía:

–Muere y descansa de tu cuerpo, pobre monje enfermo. Ahora que ya dejas la vida debes estar contento pues te odiabas tanto que flagelabas tu cuerpo con largos ayunos: sólo odio había en tu vacío interior. Despreciabas tanto tu cuerpo que te atreviste a renunciar al mundo; ya muerto se cumplen tus deseos. Ahora ve y mastúrbate mientras te acarician las llamas del infierno.

Sakiamuni liberó una horrorosa carcajada que retumbó en el desierto y Raúl cayó al suelo desmayado. Sakiamuni le gritaba ordenándole que despertara y tomara la piedra para perforarse el cráneo hasta morir. Esa era la orden  gritada por el malvado títere que deseaba volver a su eterna inexistencia.

Yo despertaba de mi letargo y observé al muñeco encima del vientre de Raúl, quien yacía tirado en el suelo aún con su rostro sangrando. El muñeco le decía mientras le daba cachetadas:

–Basura, párate de una vez, toma esa piedra y mátate. ¡Devuélveme al infierno del que me sacaste, maldita basura humana!  Esta es mi última voluntad. Levántate ya, saco de mierda.

Yo alcancé a escuchar estas últimas palabras del muñeco y vi cómo Raúl lentamente se ponía de pie. Cuando Raúl tomó la piedra para golpear mortalmente su propia cabeza, me levanté rápidamente y me arrojé sobre él lanzándolo al suelo. La piedra cayó a un lado y yo rápidamente lo tomé de su brazo izquierdo y le quité el muñeco de maíz y lo desarmé y, llena de dolor y tristeza, lo quemé.

Ese horrible muñeco perverso, Sakiamuni, mató a mi querido padre Felisberto y me violó sin piedad. Para mí es doloroso escribir esta historia. Sobre todo cuando ese niño en la hamaca no para de gritar y llorar.



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