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¿Tú también, Bruto? Recurso al Tu quoque
Por La Penúltima Verdad




Esta falacia también es ubicua. Aunque es fácil de reconocer, es muy difícil no caer en ella, bien sea como víctima o como verdugo. Una de las razones de la dificultad es que la falacia se parece mucho a otro tipo de argumento que sí es apropiado. Empezaremos entonces diferenciando claramente este tipo de argumento adecuado de la falacia.

Cuando alguien se propone a sí mismo como autoridad moral, es decir, como una persona cuya conducta es un modelo que deberíamos imitar, se ha puesto bajo la condición de dar ejemplo. Es decir, esa persona debe exhibir integridad o coherencia entre sus palabras y sus acciones. En muchas circunstancias, aunque no lo queramos, estamos sometidos a esa exigencia. Por ejemplo, los pastores religiosos que vociferan acerca de cómo debemos vivir todos deben comportarse tal como predican si quieren que su prédica no esté sujeta a cuestionamientos. Edward Gibbon señaló que el desajuste entre la prédica y la práctica era uno de los principales factores que hacía a la gente abandonar una religión o un culto. Algo similar ocurre en las relaciones entre padres e hijos. En esos casos, ese reclamo es legítimo. Nuestra falacia se parece a ese reclamo, pero es muy distinta, como veremos.

La falacia

Cuando uno está en una discusión, o cuando uno se somete a ser cuestionado, implícitamente ha aceptado las normas mínimas que rigen cualquier debate. Por ejemplo, una de ellas es que uno está obligado a contestar las críticas, bien sea rebatiéndolas o bien sea aceptándolas y, en consecuencia, cambiando su punto de vista. 

La falacia de recurso al Tu quoque es un error de razonamiento que consiste en lo siguiente: en lugar de contestar a una crítica, el individuo más bien acusa al crítico de ser incoherente. (El nombre se debe a que, según la leyenda, Julio César le dijo lo siguiente  a su hijo adpotivo, Bruto, cuando vio que éste venía puñal en mano para rematarlo luego de sus cómplices: "Tu quoque, fili mi!" -¿Tú también, hijo mío?-). Es decir, el lugar de responder a la objeción o aportar la evidencia que uno debe aportar, uno desvía la atención hacia el asunto de la autoridad moral del interlocutor. En este caso, se trata de la autoridad lógica. Por ejemplo, en un debate a un ateo se le señala que sus ideas parecen contradictorias por tal y cual razón. Y el ateo, en lugar de contestar, es decir, de mostrar que efectivamente no se da la contradicción, responde con algo como:

¿Me van a dar lecciones de lógica unas gentes que creen en amigos imaginarios?

Como se ve, la respuesta yerra el tiro porque, aun si fuera verdad que todos los creyentes son incoherentes (lo cual es falso), eso no elimina la contradicción en la que ha caído el ateo.

Miremos el siguiente episodio de la serie de El Patrón y Bocadillo: 

Aquí El Patrón parece apelar al Tu quoque cuando enfrenta, además de las balas —que son los gajes de su oficio—, la crítica de Bocadillo a su idea de que elevar una plegaria puede hacer que Dios les ayude en el tiroteo. Reconstruyamos el argumento de El Patrón:

Primera premisa: Bocadillo, que cuestiona mi creencia en que rezarle a Dios detiene las balas, se pone a rezar cuando le meten un tiro.

Conclusión: Las oraciones son una herramienta efectiva para blindarse contra las balas.

Como se ve, el argumento es ilógico o inválido, es decir, la conclusión no se sigue de la premisa. Es verdad que Bocadillo se comporta de manera incoherente, pero eso no implica que sea verdadero lo que quiere implicar El Patrón, a saber: que las oraciones pueden detener el plomo.

El recurso al Tu quoque es un caso particular de la falacia de Argumentum ad hominem o atacar a la persona: en lugar de criticar la afirmación que uno está cuestionando, uno critica alguna característica del adversario. En algunos casos también es una forma de Desplazar la carga de la prueba: por ejemplo, si acuso a alguien de cometer un delito o falta y esa persona, legítimamente, me pide las pruebas de mi acusación, y yo digo algo como: “¿Y con qué autoridad moral un político de un partido corrupto como el suyo viene a exigir respeto?” En este caso he perpetrado simultáneamente el recurso al Tu quoque, Argumentum ad hominem, y he intentado desplazar la carga de la prueba, porque en lugar de probar mi acusación busco que sea el otro el que se empiece a defender, cuando soy yo quien está en la obligación de aportar las pruebas.

La mejor forma de combatir la falacia es enfatizando la irrelevancia de la respuesta. Uno puede decir cosas como: “Usted ha logrado demostrar que yo soy ilógico, lo cual es cosa sabida. Pero todavía estamos esperando que pruebe su punto”. 



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