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Entre la pena y la nada
Por La Penúltima Verdad


En su formidable Diccionario del diablo Ambrose Bierce sugiere que los razonamientos son los sustitutos cobardes del garrote y la piedra (la definición de ‘carcaj’, por ejemplo: “Vaina portátil en que el antiguo estadista y el abnegado aborigen transportaban su argumento más liviano”). Uno de los argumentos clásicos del liberalismo filosófico a favor de la tolerancia en materia religiosa es que la fuerza es por completo irrelevante cuando se trata de la persuasión: el torturador puede hacer que la víctima diga lo que él quiera, pero no puede hacer que lo crea. Con patetismo, los filósofos liberales cayeron una y otra vez en la metáfora de que el alma, el yo, esa cosa inapresable que somos, era una fortaleza inexpugnable. Éste es un argumento controversial y amerita una discusión independiente que no podemos dar aquí (nos limitaremos a señalar que George Orwell hizo una de las ilustraciones más impresionantes de la idea opuesta –i.e., que la tortura sí puede cambiar la mente— en esa pesadilla que es su novela 1984). La falacia de la que hablaremos hoy es conocida como Argumentum ad baculum, o ad terrorem o apelación al miedo o a la fuerza (‘baculum’ significa ‘bastón’).

En pocas palabras, la falacia consiste en intentar convencer a alguien de una idea o propuesta apelando a las consecuencias negativas de no hacerlo. Como siempre, la política y la religión son terrenos fértiles para esta clase de razonamiento. Por ejemplo, Luis Antequera, en su blog, perpetra varias veces esta falacia al resumir algunas de las razones por las cuales, según él, el ser humano necesita creer en Dios. Dice, por ejemplo, que una razón para creer en la existencia de un Dios como el de las religiones monoteístas típicas es que, si no existiera, tendríamos que concluir que el mundo es esencialmente injusto, y tal cosa es inaceptable para nosotros. Otra de las razones que plantea es que tampoco podemos aceptar que en la muerte se acaba todo y, así, la creencia en Dios es una garantía contra la finitud. Desde luego, ambos argumentos son inválidos: que necesitemos creer algo no implica que esa creencia sea verdadera (también es cuestionable eso de que necesitamos creer, pero ése es otro tema). El argumento intenta convencernos de una idea, que Dios existe, apelando a las consecuencias negativas de no creer en ella.

Uno de los argumentos más famosos en la historia de la filosofía puede interpretarse de modo similar. Se trata de la apuesta de Pascal. Para evitar discusiones sobre si lo que sigue fue lo que realmente quiso decir el gran filósofo, digamos que vamos a reconstruir un argumento inspirado en la apuesta de Pascal. Consideremos las siguientes posibilidades: 

Quien cree en Dios tiene dos opciones: i) Dios no existe, y la muerte es el final; o ii) Dios existe, y el creyente tendrá una vida eterna de felicidad.

Quien no cree en Dios tiene dos opciones: i) Dios no existe, y la muerte es el final; o ii) Dios existe y, por no creer, el ateo tendrá una vida eterna de martirio en el infierno. 

Dadas estas posibilidades, continúa el argumento, la mejor opción es creer en la existencia de Dios, puesto que el creyente estaría eligiendo entre la nada y la felicidad eterna, mientras que el incrédulo estaría eligiendo entre la nada y la desdicha eterna (un personaje de William Faulkner dijo memorablemente: “Entre la pena y la nada me quedo con la pena”).

Este argumento es un caso típico de apelación al terror: la razón para creer en Dios es que las posibles consecuencias de no hacerlo son terribles. 

Las variantes de esta falacia en política van desde la amenaza sutil hasta la metralla (hay una discusión entre los teóricos de las falacias acerca de si un argumento tan parecido a un golpe puede ser considerado siquiera un argumento. Pero esto no debe detenernos ahora). La idea común a dichas variedades de esta falacia es que deberíamos secundar una propuesta o votar por un candidato porque, de lo contrario, el país se sumiría en el caos. Increíblemente, esta falacia sigue gozando de popularidad en países como Colombia, que nacieron y viven en el caos. Entre la pena y la nada, amable lector, elija usted.



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