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Tienes intereses oscuros: la falacia de atacar los motivos
Por La Penúltima Verdad


La clase de argumento de que hablaremos es probablemente la más extendida en las discusiones políticas. Es tan común que la mayoría de las personas no lo advierte y para muchos es una forma aceptable de criticar lo que alguien dice o propone.

En pocas palabras, la falacia consiste en señalar que la persona que hace una afirmación o propone algo tiene un motivo especial para que le creamos, una especie de interés indebido. Por ejemplo, para responder a unas acusaciones planteadas por la oposición, un gobierno dice que se trata de un complot para debilitarlo. O, del otro lado, para responder a las críticas del gobierno, la oposición dice que lo que pretende el régimen es desprestigiar a sus críticos. 

Como se ve, la falacia la cometen por igual quienes se ubican a los dos lados del espectro político, y los del medio también (a veces, los políticos que se llaman a sí mismos “de centro” parecen concebir que el centro se ubica un poco a la derecha de Atila). 

El razonamiento es incorrecto porque es posible que una persona tenga un interés especial en que una afirmación sea verdadera (o una propuesta conveniente) y, al mismo tiempo, puede tener razón: la afirmación puede ser verdadera o la propuesta apropiada. Por ejemplo, una persona inocente que es acusada de un crimen tiene un interés especial en convencer al juez de que es inocente, pero ese motivo no anula su afirmación.

Como se ve, la falacia de atacar los motivos es una variante de la falacia de argumentum ad hominem o ataque a la persona. Funciona muy bien en política, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación, porque en lugar de criticar directamente las afirmaciones o propuestas de alguien, es más rápido y fácil señalar sus posibles motivaciones oscuras. La popularidad de esta falacia se advierte en que los periódicos y los políticos gastan más tiempo averiguando las causas (o motivos) de una propuesta que tratando de establecer sus consecuencias (que sería lo adecuado para evaluar la propuesta).

En Colombia, la forma más extendida de esta falacia consiste en responder, ante cualquier acusación o medida en contra de un político, que se trata de “una persecución política”. En lugar de responder la acusación, se intenta señalar que los acusadores tienen un interés especial en desprestigiar al político atacado. Como es de esperar, los políticos pertenecientes a todos los colores del espectro la cometen. Hace poco, por ejemplo, el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro (un político de izquierda), en respuesta a una medida por la cual fue destituido, dijo que se trataba de una persecución política. La destitución se dio por unos errores en la implantación de un nuevo sistema de recolección de basuras. El alcalde, desde luego, agregó otras falacias, como decir que: “Solo les falta pegarme un tiro”; o “Si nos van a amenazar por poner jardines infantiles que nos amenacen, pero los ponemos” (dos casos mixtos de atacar los motivos y, más generalmente, ignorar el tema).

Por su parte, el expresidente y senador Álvaro Uribe (un político de centro, según él mismo), al enterarse de que una de sus funcionarias de gobierno más importantes había sido detenida por estar acusada de haber cometido varios delitos en su cargo de directora de una oficina de inteligencia, dijo que se trataba de una persecución política.

Esta falacia es también un caso de ignorar el tema, puesto que desvía la discusión hacia un asunto irrelevante. Por eso, la mejor manera de contestar es regresar el debate a la evidencia: discutir sobre las acusaciones realizadas y la evidencia que las respalda, o sobre la conveniencia de la propuesta en discusión, y así sucesivamente.



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