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Los intereses superiores de la patria: la falacia populista
Por La Penúltima Verdad


En la novela Por amor al pueblo, de James Meek, un revolucionario dice:

el pueblo es una fuerza terrible, más poderosa que los ejércitos, porque sin el pueblo no hay ejército; más fuerte que el dinero, porque sin el pueblo el dinero no tiene nada que comprar; más fuerte que el amor, porque sin el del pueblo no puede haber verdadero amor.

Más adelante, una mujer que ha padecido la guerra dice:

Los hombres no deberían derramar sangre por cosas que no pueden conocer, como Dios, o el pueblo.

La falacia de la que nos ocuparemos esta semana se conoce como Argumentum ad populum o apelación al pueblo o falacia populista. En su forma típica es una variante de la apelación a la autoridad: argumentar que una idea debe ser verdadera o una propuesta conveniente sólo porque una autoridad (en este caso el pueblo) la acepta.

Puede ocurrir en cualquier discusión, pero hay dos territorios particularmente fértiles para esta clase de sofisma: la publicidad y la política.  Un recurso permanente de las campañas publicitarias, desde la promoción de jabones hasta la recomendación de medicamentos, es presentar dos supuestas autoridades juntas: un personaje vestido con bata blanca y con algún título universitario y un estudio o encuesta que muestra que la mayoría de las personas reporta los beneficios del producto.  Si lo que la propaganda pretendiera mostrar es que a mucha gente le gusta el producto, no habría falacia. El error se produce cuando se intenta sugerir que el producto en cuestión es el mejor en su clase. (Por lo que respecta a la imagen del científico que resume un estudio, ocurre con frecuencia que no hay tal científico ni tal estudio o que el estudio no ha sido sometido a la revisión de la comunidad científica).

En política se suele sugerir que un gobierno o un político son los mejores o son lo que un país necesita sólo porque la mayoría de las personas, o el pueblo, los adoran. O se sugiere que una propuesta debe ser secundada porque la plantea un político que goza de popularidad. Más directamente, se argumenta que una idea debe ser verdadera porque así lo cree el pueblo o la mayoría.

En muchos casos la apelación al pueblo no involucra únicamente la falacia de apelación a la autoridad. Por ejemplo, a veces quien apela al pueblo dice simplemente que él, el que habla, representa los intereses más elevados de la patria, o del pueblo. Con lo cual, además de perpetrar el sofisma populista, está al menos cometiendo otra falacia: la de afirmación gratuita, que consiste en usar afirmaciones controversiales sin aportar ningún argumento (una falacia de la que hablaremos en otra ocasión).

O, por ejemplo, cuando un político se refiere a “los intereses del pueblo”, por lo general comete la falacia populista pero, además, está apelando a las emociones de la audiencia y, al mismo tiempo, comete la falacia de ambigüedad. Considerémoslas brevemente (en entradas posteriores dedicaremos más espacio a cada una).

Expresiones como “los intereses del pueblo”, “los intereses superiores de la patria”, “el interés general” son tan amplias en su significado que pueden significar casi cualquier cosa, es decir, casi nada. Por esta razón, una forma de combatir la apelación al pueblo cuando va mezclada con esta confusión de significados es regresar el debate a asuntos específicos: la medida o propuesta en cuestión, los acuerdos concretos a los que han llegado el gobierno y la guerrilla, etc. En estos casos la falacia populista va unida a la falacia de ambigüedad (según el diccionario, ‘ambiguo’ significa: “que puede entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión”).

Las apelaciones al pueblo o a la patria también suelen ir acompañadas de un recurso a los sentimientos de la audiencia. Por ejemplo, cuando un político se ve expuesto a acusaciones, responde ponderando los servicios que le ha prestado a la patria o al pueblo y señalando el amor que el pueblo siente por el líder. O, al contrario, para atacar al gobierno o a otro político, se citan los supuestos sentimientos de odio que despiertan en el pueblo los personajes criticados, o el daño que le han hecho a la patria. 

En estos casos, además de la falacia populista, se comete lo que se conoce como sofisma patético: en lugar de exponer las razones a favor de un punto de vista, se intenta convencernos apelando únicamente a nuestras emociones. Si lo único que tiene para decir un polemista es que la propuesta de su contrario es antipatriótica, lo más seguro es que no tenga ninguna razón para oponerle. (En otra ocasión consideraremos esta falacia. Por ahora, señalaremos que la expresión "Falacia patética" fue introducida por el crítico de arte John Ruskin para referirse específicamente a los casos en los que se les atribuyen propiedades humanas a cosas que no las tienen o no es evidente que las tengan. El uso que hacemos aquí del término es más amplio y se refiere a todos los casos de razonamientos que intentan convencer apelando a las emociones del auditorio. Como veremos en ocasiones posteriores, el sofisma patético tiene muchas variantes).

La mejor forma de combatir la apelación al pueblo (incluyendo las tres variantes adicionales que mencionamos) es, como ya lo mencionamos, dirigir nuevamente la atención hacia el asunto que se está discutiendo: independientemente de las preferencias de la mayoría o de los intereses superiores de la nación, ¿es la propuesta conveniente o hay probabilidad de que tenga los efectos esperados, etc.? 

También hay un recurso retórico muy eficaz en estos casos, que consiste en utilizar exactamente el mismo sofisma de quien apela al pueblo, para mostrar que tiene consecuencias indeseadas. Por ejemplo, se puede señalar que Hitler hizo un plebiscito para consultarle al pueblo alemán si aprobaba una ampliación de sus poderes, y el 90% del pueblo lo apoyó entusiásticamente (un apoyo que le permitió a Hitler llevar a Alemania a la guerra y a la ruina). O como lo hizo hace poco José Fernando Isaza en un foro con el entonces presidente Álvaro Uribe: éste había dicho en varias partes que “el Estado de opinión es la fase superior del Estado de derecho”, con lo cual parece haber sugerido que era necesario consultar la opinión de la gente para tomar ciertas medidas que no se suelen consultar con los votantes (como, por ejemplo, si debe permitirse una segunda reelección presidencial, cosa que decide la Corte Constitucional, no el pueblo). José Fernando Isaza, entonces, dijo en el foro al que asistió también Uribe:

El Estado de opinión ha permitido, por ejemplo, que Fidel Castro estuviera 50 años (en el poder). Saddam Hussein fue también elegido bajo el Estado de opinión. Y el Estado de Opinión, cuando se pregunta: “¿a quién preferís, a Jesús o a Barrabás?”, prefirió a Barrabás.

Este mecanismo es más efectivo aún cuando, como en el ejemplo de Isaza, se muestra que la apelación al pueblo tiene consecuencias que son declaradamente indeseadas por el oponente (es cosa sabida que Álvaro Uribe es anticastrista, apoyó la invasión a Irak para capturar a Hussein y es un devoto cristiano).

 

La desventaja de este recurso, sin embargo, es que, como cualquier maniobra retórica, depende en buena medida de la ambigüedad y, así, el oponente puede eludir la crítica alegando que ha sido mal interpretado.



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