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Malas generalizaciones
Por La Penúltima Verdad


Gottlob Frege fue un genio alemán del siglo XIX que revolucionó la lógica como nadie lo había hecho desde Aristóteles. Pero estaba como una cabra: sólo le importaban la matemática y la lógica. Hasta el punto que Ludwig Wittgenstein, un tipo ya de por sí bastante raro y concentrado en sus pensamientos, recuerda con sorpresa que en el primer encuentro con Frege, “me enseñó la necrológica de un colega, en la que se decía que nunca había usado una palabra sin saber lo que significaba, y expresó su perplejidad porque un hombre pudiera ser elogiado por eso”. Otro conocido suyo cuenta que, en un viaje en tren, al ver una oveja negra, le comentó a Frege lo siguiente, con el propósito de romper un silencio de varias horas: “mire, profesor, en esta zona de Alemania las ovejas son negras”. Frege miró por la ventana, le devolvió una mirada de reproche al tipo y le respondió con un gesto de controlada exasperación: “No, querido amigo. Por lo que sabemos, parece que en Alemania hay al menos un campo que tiene al menos una oveja con al menos uno de sus lados de color negro”.

Lo que Frege estaba señalándole a su amigo es que había cometido una falacia conocida como generalización descuidada. En pocas palabras, este error consiste en extraer una conclusión general sin la evidencia apropiada para hacerlo. Es una de las falacias más extendidas, hasta el punto que, si las falacias fueran virus, la generalización descuidada sería como la gripe: existe una epidemia permanente e incurable. La mayoría de los lugares comunes acerca de las mujeres, las minorías étnicas, sexuales y de cualquier tipo; los extranjeros, los creyentes religiosos y políticos, y los incrédulos, son ideas que pasan de boca en boca sin la evidencia necesaria (“los comunistas son asesinos”, “la marihuana enloquece”, “las mujeres son irracionales”, “los negros son perezosos”, “las rubias son estúpidas”, son ejemplos típicos de generalizaciones populares y defectuosas).

En resumen, en las malas generalizaciones no se recoge la evidencia mínimamente necesaria para plantear la conclusión general. Consideremos un ejemplo reciente.

Típicamente los medios masivos de comunicación cometen esta falacia al presentar los resultados de las múltiples encuestas que se realizan en las democracias modernas. Por ejemplo, el periódico El Colombiano publicó el pasado 7 de mayo el siguiente titular: “Encuesta revela que el país no cree en las negociaciones con las Farc”. A continuación ponen el siguiente párrafo:

En los 928 días que lleva el proceso de paz entre el Gobierno y las Farc no se había sentido tan fuerte una percepción negativa hacia los diálogos, y un creciente escepticismo frente a las negociaciones adelantadas de manera reservada en Cuba.

Más adelante, sin embargo, son un poco más cuidadosos y dicen:

[…] de las 3.000 personas encuestadas en el país, 1.890 aseguran que las Farc han tomado la delantera. Uno de los datos curiosos es que en ciudades como Medellín de los 600 entrevistados, 480 personas creen que las negociaciones van mal, y en Cali, con igual número de entrevistas, 498 son escépticos frente a la firma de un acuerdo final en este 2015.

Cuando se consideran estas afirmaciones mucho menos impresionantes se ve que no justifican el dramatismo del titular ni de las afirmaciones iniciales del primer párrafo. Rara vez los periódicos o noticieros de televisión se toman la molestia de explicar el procedimiento por el cual fueron realizadas las encuestas y el grado de confiabilidad de los resultados. En los momentos en que se ponen epistemológicamente más escrupulosos se limitan a resumir la ficha técnica a una velocidad cercana a la de la luz.

Hay múltiples maneras de errar al hacer generalizaciones y, por tanto, hay muchas maneras distintas de perpetrar falsas generalizaciones. En ocasiones posteriores consideraremos más detalladamente algunos de los casos más comunes. Por ahora basta con señalar dos ideas elementales y esenciales:

i) incluso en los casos en que las generalizaciones se hacen con el mayor de los cuidados y reuniendo la mejor evidencia disponible, es posible que la conclusión general sea falsa. Esto ocurre porque una generalización nunca queda garantizada por la evidencia, por buena que ésta sea. Por ejemplo, antes del siglo XVIII los habitantes de la región conocida hoy como Europa tenían buena evidencia para pensar que los cisnes son blancos: todos los cisnes observados durante siglos eran blancos. Pero cuando fueron descubiertos los cisnes negros australianos se vio que esa generalización, que podría haber pasado por una generalización responsable, era falsa.

ii) Siempre que se presente una generalización en un debate la actitud racional, antes de aceptarla o rechazarla, es exigir la evidencia que le permitió al generalizador llegar a esa conclusión. En otras palabras, el orden de la discusión debe ser: primero se revisa la evidencia, y sólo después se examina la conclusión general.

La mejor forma de combatir una mala generalización consiste en mostrar lo débil que es la relación entre la evidencia proporcionada y la generalización propuesta (lo más común es que ni siquiera se esgrima evidencia alguna, en cuyo caso se comete la falacia de afirmación gratuita, que consiste en simplemente ir por ahí diciendo cosas sin aportar argumentos. A esto se contesta siguiendo el principio de Christopher Hitchens que ya hemos recomendado aquí: “lo que puede afirmarse sin pruebas también puede rechazarse sin pruebas”). Una manera efectiva de hacerlo consiste en extraer generalizaciones igualmente ridículas con evidencia similarmente defectuosa, por ejemplo: “dada la predominancia del matrimonio heterosexual y dado el estado actual del mundo, la heterosexualidad debe ser la principal causa de corrupción y degradación morales”; o “dado el dominio de los hombres en la historia política conocida, ser varón es la principal causa de la crueldad, el asesinato, el latrocinio, el genocidio y los peores males de la humanidad”.



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