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Metafísica en la calle: San Agustín en una venta de bazuco
La Penútima Verdad


El problema del mal

Según nos enseñaron desde que estábamos en la cuna Dios es un ser que lo puede todo, que es todo bondad y que todo lo sabe (además de haberlo creado todo también). Sin embargo, a medida que crecemos vemos que algo no encaja: Si el mundo fue creado por un ser con esas cualidades, ¿cómo es posible que exista tanto sufrimiento injusto, tantos niños maltratados, por ejemplo, o tantos inocentes castigados mientras los malvados llevan vidas de lujo?

Podemos plantear este mismo problema de un modo más formal:

1) Dios es omnipotente, todo bondadoso, lo sabe todo y se preocupa por nosotros.

2) El mundo está lleno de injusticia, sufrimiento gratuito, maldad triunfante.

El problema es que, en apariencia, las afirmaciones 1) y 2) no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Porque si es verdad que existe un Dios como el descrito en la afirmación No. 1), entonces eso parece implicar que Dios no permitiría que existiera el sufrimiento gratuito, innecesario y malo. Dado que Dios lo puede todo y sólo quiere lo mejor para nosotros, entonces Él debería eliminar el sufrimiento injustificable y malo. Por ejemplo, ¿qué justificación puede tener el sufrimiento de un niño de pocos años que es sometido a la tortura y la muerte? Si aceptamos que ese sufrimiento concreto es injustificable, entonces tenemos un problema para aceptar también que Dios lo puede todo. O, si no queremos negar que Dios lo puede todo, entonces tenemos un problema para afirmar que Dios es todo bondad: Porque, al parecer, no hace nada para evitar ese terrible mal, aunque podría hacer cualquier cosa.

¿Qué otra opción nos queda? 

Uno de los más grandes filósofos, San Agustín, planteó un problema similar y ofreció una solución interesante. Sin embargo, antes de considerar las ideas de San Agustín, veamos el primer episodio de la serie Metafísica en la calle, que tiene a nuestros amigos El Patrón y Bocadillo como protagonistas:

Consideremos la forma en que El Patrón enfrenta el problema. En primer lugar, luego de reconocer la dificultad, El Patrón intenta encontrar una buena razón que explique, por un lado, por qué existe el mal si Dios es como hemos dicho y, por otro, por qué Dios permite que exista el mal a pesar de que Él es todo bondadoso y omnipotente. Podemos explicar la respuesta que se le ocurre de la siguiente manera:

Dios creó el mundo de tal manera que tenemos libertad. Esto significa que podemos elegir realmente entre lo bueno y lo malo. Si no pudiéramos elegir el mal, entonces quizás el mal no existiría pero tampoco existiría la libertad. Si no existiera la libertad, pues no existiríamos nosotros. De este modo, la única opción que hay para que existan seres libres es que, al mismo tiempo, exista el mal. Así que tenemos las siguientes opciones:

3) Dios crea un mundo sin mal, pero entonces es un mundo en el que no hay seres con libertad porque todos están coartados por Dios para hacer el bien. 

4) Dios crea un mundo con seres libres, con la capacidad de elegir el mal y, por tanto, crea un mundo en el que el mal existe.

Si estas son las únicas opciones, entonces Dios eligió crear un mundo en el que los seres humanos pudiéramos cometer las atrocidades que ya sabemos. Porque era la única forma de tener seres libres. 

En pocas palabras, según la solución esbozada por El Patrón, el mal existe, el sufrimiento existe, las atrocidades aparentemente injustificables existen porque todo eso es necesario para que exista la libertad. 

En este punto Bocadillo le plantea un problema difícil a El Patrón:

Si Dios no podía crear un mundo sin mal porque eso implicaría que no habría personas libres, entonces, ¿este mundo nuestro no tiene arreglo?

El Patrón le da una respuesta clásica a Bocadillo: Le dice que Dios interviene a través de los milagros. 

Bocadillo resalta una dificultad que tiene esa respuesta de los milagros. La dificultad es que, si Dios interviene a través de los milagros, entonces, ¿por qué no hace más milagros o no hace los milagros correctos? ¿Por qué, por ejemplo, salva a ancianos que están al borde la tumba mientras permite que niños inocentes lleven vidas de sufrimiento y miseria?

Aquí la respuesta de El Patrón es también típica: El plan de Dios, aunque lo podemos comprender en sus trazos más generales, es incomprensible en los detalles para nosotros, pobres seres mortales e ignorantes.

San Agustín

Este problema tiene una larga historia en la filosofía occidental. Uno de los primeros en plantear el problema de la manera en que lo tratan El Patrón y Bocadillo es San Agustín. En realidad no es sorprendente que dos mafiosos del siglo XX discutan en términos parecidos a los de Agustín, dejando de lado por supuesto las diferencias en el léxico. No sorprende porque toda nuestra cultura está atravesada por las ideas desarrolladas, creadas y modificadas a lo largo de casi 20 siglos de influencia cristiana.

No es el momento para contar la interesante vida de Agustín. Pero vamos a considerar brevemente la forma en que enfrentó el problema del mal que ocupa a nuestros mafiosos.

En primer lugar, Agustín argumenta que la libertad, la posibilidad real de elegir entre el bien y el mal, es una condición necesaria tanto para hacer el bien como para hacer el mal. Por ejemplo, un robot que estuviera programado para nunca hacerle daño a nadie no sería una buena persona, ni siquiera sería una persona. Los animales, por ejemplo, cuando matan y descuartizan, no están perpetrando ningún crimen. Los únicos seres que podemos pecar, delinquir y hacer el mal somos los seres que tenemos voluntad libre.

Pero si uno es cristiano —como lo fue Agustín— entonces tiene aquí un problema. Porque si el universo fue creado por Dios en todos sus detalles, entonces el castigo por nuestros pecados sería injusto, porque todos los males del mundo no serían más que el resultado de la acción creadora de Dios. Si no es posible para nosotros cambiar las cosas, entonces tampoco existe el pecado, porque el pecado es la elección consciente, voluntaria del mal. En una de sus primeras obras, De la Religión Verdadera, Agustín escribió que es únicamente por el ejercicio de la voluntad que es posible el mal y, por tanto, sólo con respecto a seres con voluntad tienen sentido la censura y la condena. Y agrega: “Si uno deja de lado la censura y los consejos, también ha dejado de lado a la religión por completo”. 

¿Qué pasa, pues, en la voluntad humana cuando pecamos —i.e., casi todo el tiempo? La teoría de Agustín es que nuestras pobres voluntades de pecadores atraviesan por un proceso de tres momentos. Primero viene la sugestión: La sola idea de un mal acto que surge en nuestra memoria o percepción. Luego viene la atracción: La idea nos gusta. Final y fatalmente llega la aceptación: Uno dice sí quiero sí (como dijo la bella Molly Bloom).

¿Por qué somos así? ¿Por qué hacemos cosas que sabemos por otra parte que están mal y causan miseria y sufrimiento? Según Agustín, la explicación está en el pecado original. Al rechazar el bien eterno que Dios les ofreció, los primeros hombre y mujer se ganaron un severo castigo, y nosotros también. Agustín sabe que esta idea parece chocante: Un castigo eterno —el infierno— para una falta aparentemente mínima —la desobediencia a Dios— es un exceso. Pero, aún peor, ¿por qué castigar a toda la humanidad y no solamente a Adán y Eva? Agustín responde a esto señalando que la falta cometida por Adán y Eva no es pequeña. De hecho, es la peor de las faltas, porque implica alejarse de lo que es absolutamente bueno y, en cambio, perseguir un bien apenas aparente y que no tiene comparación con la bondad de Dios. Todo parece indicar que Agustín le da una interpretación sexual al mito de La Caída. Cuando Mark Twain dice que, para Adán, el paraíso estaba donde estuviera Eva, está repitiendo la blasfemia absoluta, la peor herejía, la de Adán: Preferir una mujer a Dios. Otra manera de contemplar el argumento de Agustín es comparándolo con otro ofrecido muchos siglos después (en el siglo XVIII) por otro hombre de Dios que también fue el primer gran filósofo de los Estados Unidos: Jonathan Edwards. Edwards razonó, en un tono bastante fácil de identificar como agustiniano, que el principio básico del castigo justo es la retribución: Una falta amerita un castigo proporcional. Así, si Dios es infinitamente bueno, cualquier desobediencia a Sus órdenes equivale al peor de los crímenes, puesto que cualquier desviación de la bondad infinita es en sí misma una falta con repercusiones infinitas (Agustín dice: “[….] quien en sí destruyó un bien eterno, se hizo acreedor a un mal eterno”.) Otra vez, a nosotros nos parece una exageración, pero esto se debe a nuestra falta de perspectiva. Agustín dice: “Una pena eterna parece dura e injusta al sentido humano, porque en la miseria de esta vida mortal falta el sentido de la sabiduría pura y elevada, que capacita para sentir la enormidad del crimen cometido en el prevaricato original”.

Todos fuimos castigados porque, de una manera misteriosa para nosotros, estábamos ya en Adán “como en su raíz”, dice Agustín. Esto puede significar que Adán y Eva sólo podían procrear más seres humanos, es decir, más criaturas infames que preferimos los males de este mundo a la unión con el único bien verdadero, el bien eterno y supremo: Dios. Por eso Borges escribió lo siguiente en un cuento estupendo, haciéndose eco de la idea de Agustín:

Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarnos.

El pecado original es simplemente el tronco torcido de cuya sinuosa madera fuimos hechos las mujeres y los hombre . Un árbol que nunca ha producido nada recto (para usar una metáfora de Kant.) “A su tiempo su pie resbalará”, dice el Espíritu en Deuteronomio, y se refería a todos nosotros: Todos nos descarrilamos, en eso consiste ser un humano. Todos los humanos somos pecadores, incluso los niños recién nacidos. En su famosa autobiografía, llamada Confesiones, apenas iniciado el relato de su infancia, Agustín dice lo siguiente: “[…] nadie está libre de pecado en tu presencia, ni siquiera el niño que no cuenta más que un día de vida sobre la tierra.”

Esto implica, como lo ve claramente Agustín, que en este mundo no podemos estar seguros de quién es quién: No podemos saber con certeza si alguien se ha arrepentido por su condición de pecador o simplemente finge, porque hasta el más aparentemente santo de los humanos puede ser un criminal y haber rechazado a Dios en su corazón. Pero, además, como la gracia salvadora de Dios es gratuita, eso implica —y Agustín lo ve con claridad, pero no retrocede— que nada de lo que hagamos, nada, podrá salvarnos. Para decirlo en términos humanos, demasiado humanos y por eso mismo heréticos: Lo único que puede salvarnos es el capricho de Dios (Agustín lo llama: La gracia divina.)

Sugerencias didácticas

El episodio de nuestros mafiosos puede ser usado para introducir la discusión sobre el problema del mal en filosofía. Sugerimos, por ejemplo, usarlo para que los estudiantes desarrollen y discutan las ideas planteadas por los personajes. Para que además los estudiantes expresen sus propios puntos de vista. Esta conversación puede hacerse lo más extensa posible, para que los estudiantes tengan la ocasión plantear y comprender el problema y sus ramificaciones en sus propios términos. Luego, se puede introducir algo de historia de la filosofía, por ejemplo, de los puntos de vista de San Agustín.

Una ayuda muy útil es el capítulo 12 del libro Agustín de Gareth Matthews (Editorial Herder, 2006) dedicado por entero al problema del mal y la solución de San Agustín. 

En ese capítulo del libro de Matthews también encontrarán los profesores una manera de vincular la enseñanza de este problema filosófico con la enseñanza de la lógica. 



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