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Metafísica en la calle: San Agustín en una venta de bazuco
La Penútima Verdad


 

El problema del mal

Consideremos las implicaciones lógicas de nuestra idea tradicional de Dios (la idea de las principales religiones monoteístas). Primero, recordemos la definición de Dios:

Dios es un ser todo bondadoso, que todo lo sabe, que todo lo puede, que creó el universo y nos creó a nosotros, y se preocupa por nuestro destino.

Esta definición tiene innumerables implicaciones lógicas. En pocas palabras, una afirmación implica otra cuando, si la segunda es falsa, la primera entonces también debe ser falsa. Por ejemplo, la anterior definición de Dios implica lógicamente que:

Dios puede mover una piedra enorme que no puede ser levantada por ningún humano

Dado que Dios es omnipotente, entonces se sigue que puede mover una gran piedra. Para comprender el problema del mal podemos considerar las siguientes implicaciones lógicas de la definición de “Dios”:

Implicación No. 1: Dios no soportaría el sufrimiento injustificable, gratuito (porque es todo bondadoso).

Implicación No. 2: Si el sufrimiento gratuito, injustificable, existiera, Dios lo sabría (porque lo sabe todo).

Implicación No. 3: Dios evitaría que existiera el sufrimiento injustificable, gratuito (porque lo puede todo)

Estas tres implicaciones,  a su vez, implican lo siguiente:

Implicación No. 4: En un mundo en el exista Dios no puede existir el sufrimiento gratuito, injustificable; y viceversa: en un mundo en el que exista sufrimiento gratuito, injustificable, no puede existir Dios.

Esto nos da una sugerencia sobre cómo debatir acerca de la existencia de Dios: en lugar de discutir directamente si Él existe, podemos discutir si existe sufrimiento gratuito, injustificable. Si la respuesta es que sí existe esa clase de sufrimiento entonces se sigue que Dios no existe. 

El Patrón y San Agustín

El Patrón adopta una estrategia de respuesta que podemos remontar a San Agustín, uno de los primeros grandes pensadores cristianos. Resumamos en un breve espacio la forma en que Agustín enfrentó el problema.

Tomemos lo que se conoce como “males naturales”, es decir, los daños causados al ser humano por sucesos naturales como terremotos, tormentas o epidemias. En primer lugar, estos sucesos terribles los llamamos “males” porque nos perjudican de manera directa. Pero si ampliáramos nuestra perspectiva, veríamos que obedecen a un orden superior de las cosas en el que resultan necesarios. Por ejemplo, todos esos “males” son el resultado de los mismos principios ordenadores que explican la estabilidad de las montañas en contraste con la inestabilidad del agua (la inestabilidad del agua, a su vez, es lo que permite la vida acuática). Una vez vemos que tales cosas son necesarias para el orden y la armonía del mundo natural, también vemos que sólo nos parecen males, pero en realidad no lo son. Nuestra idea de que son males es solamente un error de perspectiva: nos quedamos atados, como bestias de carga a las que les taparan los ojos, a nuestra pequeña perspectiva temporal y finita, y no alcanzamos a ver el orden superior, la realidad total en la que dichos “males” aparecen bajo otra luz

Ahora tomemos el caso de los males morales, como el asesinato y la tortura. En primer lugar, se trata de una consecuencia de la libertad. Sólo una voluntad libre puede elegir el mal. Un hombre que siempre eligiera el bien porque fuera incapaz siquiera de considerar el mal no sería digno de elogio. Unas criaturas hechas únicamente para elegir el bien no serían libres, no tendrían voluntad y, de esta forma, sus acciones no serían ni buenas ni malas. La libertad requiere la posibilidad permanente y real de elegir el mal. Al mismo tiempo, la libertad es, según Agustín, lo que nos engrandece y hace superiores a los animales.

En segundo lugar, la razón por la cual los seres humanos elegimos el mal con tanta frecuencia —a pesar de, o gracias a, los sermones de sacerdotes y filósofos— es, nuevamente, debido a una falla de perspectiva. En pocas palabras, el problema está en que no reconocemos nuestra verdadera naturaleza como seres racionales, como almas encarnadas que debemos usar la razón para dominar los bajos instintos. La presencia de la razón en nosotros es una prueba, según Agustín, de que Dios nos creó para el bien, para preferir los bienes espirituales por sobre los pecaminosos deseos de la carne. Pero constantemente nos confundimos y pensamos que los deseos carnales nos dirigen hacia lo que es bueno para nosotros, y no es así. Esos son bienes inferiores y su prosecución nos aleja cada vez más del bien supremo que es la unidad con Dios. De este modo, el mal moral no es una fuerza activa en el mundo, sino más bien una falla en la voluntad de los humanos, una deficiencia. Desde cierta perspectiva, no existe.

Esta deficiencia, que parece insalvable, está inscrita en nuestra naturaleza porque, para empezar, la libertad que Dios nos otorgó implica la posibilidad misma de que elijamos el mal, el pecado. El problema fue que Adán y Eva usaron esa libertad efectivamente para elegir el mal y, según Agustín, debido a esto la naturaleza humana quedó corrupta. 

Agustín parece sugerir que, finalmente, todo el sufrimiento es justificable y, por tanto, no hay sufrimiento gratuito en el mundo. Todo el mal y el sufrimiento que vemos es el resultado, o bien de causas naturales necesarias para el orden del mundo (con lo cual el sufrimiento derivado de dichas causas es también necesario) o bien de la libertad humana, la cual era necesaria para que hubiera seres morales. Además, vistos en la perspectiva de la totalidad, de la mente infinita de Dios, muchos de los que llamamos males no lo son.

Una de las dificultades de esta respuesta es que parece implicar que cada caso de sufrimiento o mal que vemos es necesario o justificable. Aun si no entendemos la razón, hay una razón que Dios percibe perfectamente y por eso no lo evita. Y, como lo señala Bocadillo en la serie, está el problema de que si Dios hace milagros entonces es mucho más misterioso aún: ¿por qué no interviene para evitar males terribles y sí en cambio parece intervenir para suprimir males menores? Aquí San Agustín y El Patrón coinciden en que los planes de Dios son inaccesibles para la mente humana. Aunque Agustín creía que la razón nos permite discernir las líneas generales del plan divino, pero nuestras mentes finitas no pueden acceder a los detalles diseñados por una mente infinita.

Sugerencias para seguir estudiando

Las ideas de Agustín sobre el problema pueden leerse en su famoso libro autobiográfico Confesiones. Pero el santo también escribió mucho sobre el asunto en otras partes. Por ejemplo, La Ciudad de Dios y también Sobre el libre albedrío. Ambas obras se consiguen fácilmente en Internet o en librerías. John Mackie critica las principales soluciones que se han dado al problema del mal (incluida la idea general de san Agustín) en El milagro del teísmo. Dos filósofos contemporáneos que defienden la respuesta de Agustín contra recientes críticas ateas son Alvin Plantinga y William Craig. En Internet pueden verse intervenciones de ambos.



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